Perros Films, novela de Luis Gámez (fragmento).

Teniendo principalmente como escenario las apartadas y sórdidas zonas rurales de Cárdenas, Tabasco, este fragmento de la novela Perros Films de Luis Gámez arroja cierta luz sobre los intríngulis del sistema de justicia en Tabasco mientras narra el actuar de un abogado que participa en la defensa de un presunto homicida. Violencia, corrupción, alcoholismo, pasiones carnales, explotación petrolera y cotidianidad desbordante son los ejes alrededor de los cuales gira el relato, cuyo perfil del infierno interior que viven algunos de sus personajes es intencionalmente emparentado con los de cierta trama cinematográfica.

Hit & Madison

Después de dos días de atraso, la demanda de divorcio fue dejada sin ganas en la oficialía de partes del juzgado, no le dio seguimiento y de ahí pasó al archivo sin haberse resuelto hasta el día de hoy. Se le esfumó a la clienta que le parecía salida de una película de Almodovár, Al borde de un ataque de nervios. Brincó a otro bisnes de tramitología legal.

El abogado western le marcó para que lo acompañara a ver el asunto de la Changa. Mientras se preparaba para salir de Villahell a Cardenopolis escuchó Telereportaje en segundo plano, medio ponía atención sobre los bla, bla de los politiquillos. Se preparó dos panes tostados con mantequilla Tenosique, café Dolca y un sustituto de crema apañado del Oxxo, un desayuno tipo choco americano bara, bara.

Frente al ventanal setentero donde se podía ver que el día iba a pintar con mucho calor y humedad, daba vueltas en el departamento buscando papeles y un folder que no se viera tan jodido. Pasó el vende periódico anunciando el chayote impreso, listo para madurar la papaya: «¡Preeeeeesente, Tabaaaaasco, el Criiiiiiollo y el Soooool!»,, y eso le recordó que no estaba en un depa en la Condesa o en la Roma, aquí había un calorsh del perro y había que salir a buscar el chicharrón.

Salió al ADO caminando por las calles y banquetas tipo campo traviesa que tiene la planchona de cemento con su locura incluida, “Villahermosa, peligro para caminantes” dijera el poeta Teo. Ya el tráfico en Méndez era histérico a esa hora de la mañana. Un Transbús verde, hojalateado, algo destartalado y lleno, pasó frente a él tronando su escape seguido de diez carros que iban en chinga loca como si los persiguieran.

Llegó a Cárdenas a media mañana. Se fue al juzgado a hurgar en un expediente mercantil; el abogado western estaba en las jardineras verbeando a unas víctimas —clientes que hipnotizados creían las exageraciones abstractas del derecho; que después de asegurar la 14, sonriente le pidió lo acompañara a la Fiscalía para dar seguimiento al tremendo asunto del garrotazo y después irían a El Golpe a buscar más 14 y hacerle al cuento que andaban en las investigaciones para defender al presunto quiebra cráneos.

Ver a los abogados entrar y salir de aquel recinto justiciero le dio la sensación de que todo estaría mejor sin tanto abogado amarra navajas, saca billetes. Lo pensó mientras pasaba frente a los juzgados una camioneta con un logotipo de Pemex Exploración y Producción. En su interior viajaban un hombre y una mujer, fumaban sendos tabacones; inhalaron y cerraron los ojos al mismo tiempo quitados de la pena, ignorando el calor, la justicia justiciable, a los abogados en su caminar solemne como de domador de circo. Eran ellos dos, después ellos dos, para seguir solamente siendo ellos dos, con ese jalón de tabaco cerrando los ojos cachondamente. Se le figuró que eran Meryl Streep y Clint Eastwood rolando en estos lares, fumando el amor, huyendo de Madison, ignorando a la justicia.

En los lastres apestosos de la Fiscalía el abogado western era una mojarra tilapia en pleno tanque de agua, saludaba aquí y allá a los otros lics, también a los que no lo eran, pero se les dice lic para darles por su lado, porque nunca se sabe cuándo se necesitará una copia certificada de emergencia, una dilación, una aceleración, un sello por ahí, una 14; perder un expediente, un asuntito, un asuntote.

Es como una especie de Sir o Conde el lic o licenciado por delante. En realidad fueron para que su amigo se pavoneara frente a esa fauna, donde todavía se hablaba de la Changa como de un animal salvaje, el avecindado de El Golpe, la ranchería de donde es originario y con la que hizo honor al nombre matando a su vecina de un golpe, de un swing desafortunado, donde las notas rojas seguían saliendo en El Criollo y El Sol y las páginas chayoteras de Face y que poco a poco se irían olvidando de él.

Esas oficinas son una especie de chiquero con papeles, fue donde la fiscal en turno abrió la carpeta de investigación contra la Changa. El garrote que quedó bajo cadena de custodia por orden del juez se había enviado a Puebla para ver si encontraban huellas dactilares del presunto, que había negado ser el autor del homicidio y para ganar tiempo el abogado wéstern sembró la duda en el juzgador y solicitó tiempo para investigar.

Ahora faltaba darle una ensuciada al palo para borrar todo vestigio y se puso de acuerdo con la fiscal para que así sucediera, para que recibiera otra 14 y también fingiera en hacerse la investigativa, la fiscal de hierro, la abogacía es dramaturgia barata. Después se lanzaron a El Golpe a cobrar más 14 y averiguar en qué sintonía estaban con el asunto los habitantes. Fueron en un Tsuru blanco y viejo que parecía un traste de peltre descarapelado; no quiso preguntar de dónde había sacado la infección que era el carrito ese, pero el abogado se adelantó a la info: «Este Tsurito es el de batalla, la camioneta la trae mi vieja».

Manejaba como loco sin su Valium. Casi los aplasta un camión en la carretera federal, maniobró y se metió a un camino pavimentado que parece que te lleva a otra dimensión, rumbo a la costa, a las comunidades, donde el camino de asfalto se hace diminuto frente a esas tierras bajas combinadas de monte, lagunas, pozos petroleros, veían árboles que no sabían sus nombres, ríos, riachuelos, puentes y ordeñadores de vacas y ductos de Pemex, huachicol de los mismos petroleros.

―¿Cómo ves mi licenciado el asunto de la Changa? Ahí vamos por más cacao. Eso está listo, la mujer se salvó, pero ya creía que se iba ir el marido. Ahorita vas a ver cómo viven esos cabrones.

―Maiceadas por el gobierno, ya lo sabes.

―Deja tú eso, entre el monte licenciado, esos comen tlacuache con Coca- Cola.

No es una estepa rulfiana o de B. Traven, la zona rural de Cárdenas es un trópico donde inverna el absurdo y el filo de la ley se oxida con la humedad. Tierras ociosas dicen los que llegan de fuera, los de la ciudad que no comprenden lo que es vivir en un territorio perdido, de ensueño, donde comer iguana en empanadas es un cotidiano que un ecofriendly de la ciudad pegaría un grito de protesta.

Como un borracho que parecía un año viejo y hacía berridos porque no le daban fiada la cerveza en el Six donde pararon a comprar refrescos y cacahuates. De los montes de repente salían campesinos con camisas manga larga color caqui con logotipo de Pemex. Lo usan como desecho de guerra que les cubre del picoso sol, esos lugares son las tierras bajas tolkianas tropicalescas. Recorrieron 80 kilómetros de un camino rural, ajeno, cercano siempre en sus andares y extraño como para familiarizarse con esa realidad recargada que refleja en los ojos de aquellos pobladores que los miraban con ojos de asombro, atentos y desconfiados.

Antes del homicidio la Changa estaba zorrajando caguamas de lo lindo con su mujer en el clandestino que colinda con La Azucena. Es una casa con palapa que tiene dos chapoteaderos de fibra de vidrio donde los niños se bañan y chacualean entre orines y agua de pozo mientras sus padres o cuidadores se ponen pedos escuchando una rockola que grita música de banda y tropical.

También se pasean las gallinas y los pavos criollos de la matrona del lugar, comadre de la delegada que le dio el permiso pirata para poner el antrillo. En ese lugar fue donde comenzó la disputa por un celular que la Changa arrebató a un chamaco que andaba pedo igual pero no pendejo como para ponérsele a los madrazos a quien se le debía el mote porque se encaramaba a las palmas de coco precisamente como un chango, lo cual le había sacado fuerza descomunal, la que aplicó para ultimar a su vecina.

Cuando la Changa regresó a su casa bien jaibol la madre del chamaqueado llegó con gritos altaneros a que le devolvieran el celular. En la oscuridad y la luz de luna de aquel 30 de diciembre a eso de las once de la noche ni ellos mismos se acuerdan qué fue lo que en realidad sucedió, tienen lagunas mentales y vagos recuerdos de gritos, arañazos, el sabor de la cerveza y el sonido de un golpe (¡seco el guayabazo!), la nublazón de la mente, asombros («¿¡qué hiciste diantre!? ¡ya te la echaste!» gritó una voz anónima).

La Changa y su mujer corrieron trastabillando al interior de la casa para no ser linchados por los vecinos que salieron ante el escándalo nocturno y vieron tirada a la ruca; rodearon la casa para que no salieran. La delegada intervino para tratar de mediar, pero qué iba mediar si también andaba peda, ganó tiempo y después de una hora llegaron tres patrullas de la policía mañocipal y lograron negociar con la turba de vecinos la entrega de los acorralados que fueron escoltados por los hijos de la garroteada y algunos vecinos.

Querían asegurarse de que los entregaran en la Fiscalía de Cárdenas. Estuvieron detenidos unas horas en la delegación municipal y ahí cabía la posibilidad de una fuga; a la delegada se le iba bajando la alcoholiza, los polis estaban entre machines y pedos, eran las celebraciones de fin de año y la borrachera se les fue bajando. El cuerpo de la vecina fue levantado cuando amaneció, después de que llegaran los de la Físcalía y la camioneta del médico forense a una escena del crimen ya alterada por medio poblado y hasta por una mamá tlacuache que pasó corriendo con sus crías y brincó encima del cadáver antes del amanecer, para perderse entre unos cacaotales. Nadie la siguió, la vieron pero nadie fue tras ella, nadie quería atrapar a un tlacuache en esos momentos.

Aterrizaron en El Golpe y fueron directo a la casa del presuntuoso. Ese chante es un híbrido entre concreto, lamina y palos que sirven para dividir el terreno. La mujer los recibió con ojos de vaca suplicante, pero era por demás explicarle que su marido se iba a quedar un rato encerrado en Las Palmas Resort & Hotel, en malas compañías. Mientras el abogado western le sacaba la lana a la ruca, él se regresó al Tsuru, observó el camino de tierra y las casas regadas en desorden, entre los grandes pedazos de monte.

La gente pasaba mirando la casa de la Changa como si ahí viviera un monstruo. Se alcanzaba a oler un tufo a manteca de puerto y maíz, pero El Golpe no está ausente de la Coca – Cola y el galleteo Marinela en la tienda de la esquina, se bajó del carro y caminó a la tiendita Don Chencho, atendida por un viejo medio ciego y sordo, con cuerpo de campesino curtido al sol pero ya jubilado en esas lides.

Compró un Coca de lata y se la empinó en una banca afuera del negocio, mientras esperaba a su colega. Observó la comunidad tolkiana región Chontalpa, había un calor que hacía que el tiempo se estirara como un chicle. En esas estaba cuando llegó a estacionarse frente a la tienda la misma camioneta de Pemex con los dos tórtolos que había visto en el juzgado, su enculamiento se notaba, olía a metros.

Había un soyenco sol que iluminaba la escena, la ruca se bajó de la camioneta y entonces la pudo ver completa de cabeza a sandalias, quizás unos treinta o treinta y cinco años, de un rostro blanco, de esas güeras de rancho que parecen sajonas, así se veía ella, era Meryl Streep de chamaca. Luego se bajó el petrolero, que este si no era como Clint Eastwood, la neta se veía oaxaco, se parecía a Benito Juárez, o de esa raza juchiteca, pero ambos se veían enmielados; el petrolífero entró a la tienda y compró un Sprite y una Coca.

Abrieron sus respectivos chescos y se despidieron discretonamente, parecían chamacos de secundaria. El abogado imaginó las retajila de palabras que se decían con las miradas, y era amor, un amor caliente, tierno, de abismo, de ese quererse ir y no irse…con el amor. Ella tenía su marido, un cañero que se encontraba en la feria del cacao en Villahermosa con sus hijos; eran Los puentes de Madison en la Chontalpa. El western seguía en el domicilio de la clienta y el petrolero se subió a la camioneta suspirando. Aún se sentía la vibra de la muerta en El Golpe.

Aterrizaron en El Golpe y fueron directo a la casa del presuntuoso. Ese chante es un híbrido entre concreto, lamina y palos que sirven para dividir el terreno. La mujer los recibió con ojos de vaca suplicante, pero era por demás explicarle que su marido se iba a quedar un rato encerrado en Las Palmas Resort & Hotel, en malas compañías. Mientras el abogado western le sacaba la lana a la ruca, él se regresó al Tsuru, observó el camino de tierra y las casas regadas en desorden, entre los grandes pedazos de monte.

Los abogados regresarían varias veces a El Golpe para rasurar a la mujer de la Changa, y como dicen los abogados viiiiiiejos, «so pretexto» que si necesitaban dinero para copias certificadas, supuestos viáticos para viajar a la Fiscalía de Puebla para que borraran las huellas digitales de su marido, que tenían que volver para comprobar que se borraran y de ese modo engañar al juez en la siguiente audiencia.

Eso y más iba a pedir el sierverguensísima abogado western y su colega mientras el cliente trataba de sobrevivir en Las Palmas, el reclu de Cárdenas, guardadito, pensando en salirse con la suya. Cuando lo presentaron por primera vez en la audiencia de vinculación a proceso ante el juez de control, se veía en realidad como un chango rasurado y que hablaba, era delgado, de cuerpo magro; soltaba unas miraditas de ingenuo yo no fui, era evidente el adiestramiento.

La cámara de Los Puentes de Madison eran los ojos del abogado que fisgoneaba a los enamorados. Los vio en Cárdenas y los vio en El Golpe, disimulando lo que se desbordaba, la brevedad del amor; y para la lente de él, ambos se veían clavados, tiernos. El sol de esos días creaba una iluminación así como la de la película de Clint Eastwood, neta que sí. Pensaba en Jénnifer y se alucinaba que era el fotógrafo de NatGeo, y ella la campirana de la movie enmarañados en un breve amor.

¿Cómo siguió a los protagonistas? En el Tsuru que le prestó su colega. Los topó en Cárdenas y comenzó a seguirlos en una especie de vouyerismo en movimiento. El primer día los encontró en el mismo café donde solía llegar a usar el internet y saturarse de cafeína. Y los vio sonreír como lelos, los siguió enfilados a un motel donde se detuvieron a las afueras pero no entraron, algo había sucedido que los hizo desistir y continuaron su recorrido a El Golpe, desviándose por otros caminos de terracería, pasaron por unos puentes tubulares que Pemex había puesto, los Puentes de Madison región Chontalpa.

Los vio de lejos bajarse de la camioneta y pararse a mirar una laguna y sus aves en vuelo, los vio besarse con ganas, una fajotiza apasionada y luego la fundición de un abrazo largo para terminar cogiendo dentro de la camioneta que se zangoloteaba; se bajaron del vehículo y se tomaron una selfi. Los envidió desde su escondite atrás de un arenal. Eran reales y su Jénnifer era un artificio de su imaginación.

Se fue a casa de la mujer de la Changa, recogió dinero y los espero en la tienda de Don Chencho, mientras comía unos Rancheritos, tomando Coca-Cola, esperó como quien espera la función de cine. La camioneta de Pemex llegó, adentro venían los protagonistas. El oaxaco se veía caballeroso, enculado. Entró de nuevo a la tienda a comprar dos chescos, dio las buenas tardes y regresó a la camioneta donde ella ya estaba afuera lista para entrar a su casa. Platicaron, rieron, ignorando todo ese paraje rural de El Golpe, ella entró a su casa y él se fue a la batea de la camioneta para acomodar unos instrumentos de topografía y emprendió la retirada.

Esa noche se quedó en Cárdenas y fue con un amigo al bar Jazz en el centro del pueblón, que no tiene su Hotel Ritz, pero si su Hotel Ruiz. De jazz no tocaban nada, pero había clima y tarrazos de cheve. El mundo es redondo y muy pequeño, Cárdenas más, el amigo le llamó por celular a una amiga que llegó con otra amiga y ahí se materializó Jénnifer. Pensó que llegaría alguien común pero no fue así, ella traía una sonrisa cargada alegría y pop que le llamó la atención y tenía unas tetas de campeonato.

Tomaba cerveza al tú por tú, hicieron clic en las pláticas burlescas y se besaron ya borrachos. Los cuatro pedos se fueron a comer jochos al parque Juárez. Mientras comían él les contó la historia del petrolero y la cañera y señalaba la estatua del benemérito que estaba en medio del parque. Se reían de él sin entender del todo su historia. Su Jénnifer de carne y hueso se lo llevó a casa como quien se va a dormir en un diario vivir. El abogado entró a tientas donde no sabía si había más habitantes, se dejó guiar a ciegas, entraron a un cuarto y sin encender la luz se empelotaron.

Le agradó el olor de sus nalgas y su sexo que olían como cuando le sacas la punta a un lápiz, a ese aserrín. Y durmió con su cabeza pegada a sus tetas. Al día siguiente, crudos aún, se fueron a desayunar al mercado unas empanadas. Ella lo despidió con un abrazo y un beso de esos entre tierno y cachondo. Se perdió en el pasillo de las verduras. El abogado ya tenía su teléfono y las ganas de volverla a ver. Caminando por los pasillos de la ropa se topó con la protagonista de Los Puentes de Madison, que alegre y pispireta seleccionaba vestidos, de esos coloridos, de los que usan en la onda rural, de colores azul cielo, rosa mexicano, violeta, verde agua. Pensó que ambas, tanto su Jénnifer como ella no necesitaban vestidos de marca para lucir hermosas, para lucir el amor.

Crudísimo, se reunió con el abogado western y fueron a Las Palmas, a visitar a la Changa. Lo encontraron charrasqueado de la cara, con una ceja rota y la nariz inchada; el día anterior se había peleado por unos tenis y un pan Bimbo. Le dieron un poco de su mismo dinero. 200 pesos que adentro es como traer 20 mil pesos. Preguntó que si eso era todo. Lo verbearon que el resto se lo habían dado a la fiscal y a el director del reclu para que lo cuidaran. Los miró con ojos de desconfianza pero no dijo nada, no tenía ganas de nada más que de dormir en su cama. No le quedaba de otra en el cinco estrellas más que aguantar el encierro. Se fue a su celda y soñó que se escapaba disfrazado y nadie se daba cuenta.

Le envió Whatsapp a su Jénnifer «Hola bonita, quieres una michelada para desencrudar». Ella contestó en 30 segundos «Hola bonito, vamos pues, pasa por mí al centro». De balazo fue a buscarla en el Tsuru viejo y se dieron un beso con olor a cruda. Pasaron por las miches, dos soyencos vasos de unicel con petróleo michelero acompañado con dos Negra Modelo. Dentro del carro destartalado rolaron por las calles de Cárdenas en pleno solazo de medio día, haciendo malabares para que la cheve no se tirara por culpa de los cráteres que son los baches del pueblo que parece un Kosovo en guerra.

―¿Cómo está la cruda, mi abogadito?

―Pasándola, pero hace rato parecía yo un ventilador atorado, de esos de pedestal que no pueden girar bien y se traban. Siento que el cuerpo me huele a centavo, a fierro.

―Anoche decías que es la tinta ser abogado y refunfuñabas.

―¡Es la mera tinta pues!, pero ya lo voy a dejar, en eso ando. El oficio está abaratado.

―Tú no te ves ni hueles a licenciadito. Tas raro, como una mezcla entre maestrito y licenciadito.

Rieron y se miraron mientras se jondeaban sus micheladas. Pasaron por la Central Camionera y ella le dijo que se detuviera para comprar cigarros sueltos con un dulcero. Los protagonistas de Los puentes de Madison entraron a escena. El oaxaco y la chela granjera estaban comprando algunas cosas en la agropecuaria El Machete Químico. Mientras fumaban él le volvió a contar lo de la película y le dijo que jalaran humo al mismo tiempo y cerraran los ojos porque quería imitar la escena de Clint Eastwood.

«¡Estás queso!» le contestó ella y volvió a reír. Como un fotograma se le quedó grabada su boca risueña. Le dijo que observara a los enamorados de Madison. «¡Tas quesísimo!» le repitió, untó su dedo con chamoy, lo metió en su boca y se arrimó para meter su lengua y sentir el sabor. Entre aquel calor, caminantes, carros, camiones y polvo se hizo un silencio en off…para el amor.

Compraron un six de cheves en el Oxxo de la Central, esperando que terminaran sus compras los tórtolos. Los siguieron por el camino vecinal a El Golpe. El abogado le iba contando la película y sobre la similitud del petrolero y la chela. «¡Tas queso!», le remachó ella su obsesión absurda. En esos laberintos rurales hay vida y movimiento, andaban los de la Sabritas, los de la Bimbo, muchos huachicoleros, camiones viejos de transporte, un atavismo no domado por el gobierno y sus berrinchudas intenciones.

Vieron amielados a los protagonistas, según él haciendo un trabajo topográfico, que para el abogado insistía era la cámara del fotógrafo del Nat Geo, «¡Tas queso, diantre!», le repetía su Jénnifer ya achispada, y lo besaba cachondamente. Se estacionaron en un puesto de empanadas mientras veían a lo lejos a los protagonistas. Había un campo de futbol con un pasto rabón, rabón, como si lo hubiera mascado un chivo, una pequeña estepa donde ambas parejas se habían salido de la película de Clint, sincronizada por una moviola, el amor presente.

Planeó pasar unos días en Cárdenas para estar cerca de su Jénnifer, que no se dedicaba a nada igual que él. Hacían el amor en el cuarto de ella, ahora lo sabía, junto al cuarto de la madre que roncaba y se tiraba de pedos, pero que no siempre estaba en casa, era una custodia en el penal que tenía turnos de 24 horas de trabajo por 48 de descanso. Ellos sudados se dormían jugando a adivinar de dónde venían los lejanos ladridos de los perros, si iban a Coatzacoalcos o Villahermosa los camiones que se escuchaban pasar por la carretera federal.

El abogado western le llamó urgente. La Changa se había querido huir disfrazado de mujer, se puso nervioso y lo cacharon, y ahora tenía otro problemita legal encima. «Licenciado, dónde te metes. Urge verte, hay chamba», lo puso al tanto «para que vayas por 14 a El Golpe, su ruca ya sabe porque estoy seguro que ella le pasó la ropa. Yo mientras checo en la Fiscalía a ver si tienen alguna carpeta de investigación».

Invitó a su Jénnifer al desmadre legaloide y agarraron rumbo a El Golpe en el Tsuru viejo. El cielo se fue nublando, pusieron gasolina de huachicol, aplastaron a una iguana que no pudo esquivar y él le contó que el sistema judicial era un lastre, el vómito de un Estado fallido que los alcanzaría de una u otra forma. Por unos minutos se quedaron en silencio mientras el carro avanzaba y comenzaba a lloviznar.

La esposa de la Changa soltó la sopa y les dijo cómo fue que le llevó la ropa y una peluca a su marido, que lo había visto en una película, para variar. Ya no tenía dinero y les dijo que la esperaran un rato, que iba a conseguir un préstamo con su compadre el huachicolero, ahora ella era apestada en la ranchería por ser cómplice del homicida y pocos le dirigían la palabra. Se quedaron bajo un tapanco viendo la lluvia que forraba todo de una gacha tristeza.

Vieron movimiento en la casa de la enamorada, el marido y sus hijos habían regresado en una camioneta Ranger de las gringas; miraron la escena y él siguió insistiendo en Los Puentes de Madison. Ella lo abrazó por la cintura frente a unas gallinas que se resguardaban para no mojarse y se apañaron para besarse y fajotearse de lo lindo y como testigos las gallinas.

Regresaron a Cárdenas con varo de 14 y fueron con el abogado western, se repartieron al 50% el dinero y le prestó el Tsuru. «Ahí le pones gasolina con el huachicol de tu preferencia. Ya sacamos el día mi lic, eso del intento de la fuga no va proceder, pero le vamos a sacar más cacao, tu tranquilo». Se fueron bajo la lluvia sondeando la Venecia que se hace Cárdenas cuando llueve, no pudieron avanzar y se estacionaron a esperar a que dejara de llover.

Hicieron el amor empañando los vidrios, se hizo esa escena como en la película Titanic donde en pleno éxtasis se plasma una mano en el húmedo vidrio, un sello de que el centro de todo el mundo era ahí. Y en paralelo a ese tiempo, el petrolero topó a su granjera con su marido haciendo compras afuera de una abarrotera Súper Sánchez en Cárdenas, caía la lluvia y se bajó de la camioneta para alcanzarla, se frenó. Ella dentro de la Ranger y él en medio de la calle queriendo llevársela. A lo lejos se lanzaron una dulce y amarga sonrisa, sabedores que no podía ser posible ese amor de película. ¡Corte!

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Acerca del autor

Luis Gámez
(Cárdenas, Tabasco). Abogado y narrador. Autor de "Nicolasa en la villa de perros" (IEC, 2008); antologado en "Palimpsestos de tierra húmeda" (UJAT, 2011) y "Cuentos, joven" (Suum Quique, 2012). Coordina la sala de lectura "Los viajes de Mateo".

About Luis Gámez

(Cárdenas, Tabasco). Abogado y narrador. Autor de "Nicolasa en la villa de perros" (IEC, 2008); antologado en "Palimpsestos de tierra húmeda" (UJAT, 2011) y "Cuentos, joven" (Suum Quique, 2012). Coordina la sala de lectura "Los viajes de Mateo".