Xoxocotlán, el lugar de los frutos ácidos.

En esta nueva bitácora de viaje, Rolando García De la Cruz comparte con sus lectores su experiencia de haber visitado Santa Cruz Xoxocotlán, Oaxaca. Ubicada en la región de los valles centrales de ese estado mexicano, Xoxocotlán es la cuarta ciudad oaxaqueña más poblada y un referente importante si de aproximarse a la tradición del Día de muertos en esa región se trata.

Tomé un taxi que me llevó a la entrada del pueblo. De ahí caminé unas diez cuadras, hasta encontrar el parque central.

Allí había un gran altar a los muertos, con enormes panes, grandes canastas de cacahuates, cestos de frutas, cirios, velas y veladoras, una cantidad inmensa de flores de cempasúchil y mano de león.

En el suelo, estaba la pintura de un joven con maquillaje de catrín. De primera instancia pensé que le dedicaban al joven el altar, pero después caí en la cuenta de que era solo una pintura alusiva a las fiestas. El parque era una galería de arte, pues en sus jardines había esculturas de Fernando Andriacci. Era posible ver elefantes, tiburones, águilas, toros, rinocerontes y hasta una escultura de Benito Juárez García.

Me llamó la atención que las esculturas del elefante y del rinoceronte fueran de bronce, tuvieran relieves de objetos y animales pequeños. En la nave del parque había unas enfermeras aplicando las vacunas del Covid (Abdalá) e influenza a jóvenes; ambas vacunas me las había puesto quince días antes del viaje.

Por un costado se encuentra la parroquia de Santa Elena de la Cruz, de Santa Cruz, Xoxocotlán. Atravesé su arco de entrada; en el patio me encontré con una cruz primorosamente labrada. Adentro se escuchaba una mujer cantando cánticos sacros a manera de arias de ópera. Había muy poca concurrencia, y aproveché para tomar algunas fotos y hacer unos videos con la voz de la cantante de fondo.

La iglesia tiene pocas decoraciones en su interior, pero tiene unos ricos retablos. El de su altar está impresionante, pues es muy grande y bien cuidado; tiene trece pinturas de caballete. Las esculturas de Santa Elena de la Cruz y Cristo Crucificado son de madera. El retablo barroco del siglo XVIII con sus hojas de oro brillantes lucía de buena manera.

Luego se escuchó “A mi manera”, solo en piano. Me senté en una banca para disfrutarlo, mientras seguía observando las pocas, pero valiosas obras de arte de la parroquia. En cuanto terminó la pieza musical, algunas personas se levantaron. Un hombre tomó una cruz decorada con rayos y un pergamino donde estaba escrito el nombre de un difunto y el epitafio. Otros llevaban flores. Las pocas personas que se encontraban en la iglesia los siguieron.

La cantante entonó “Caminaré en presencia del señor” con su preciosa voz de soprano. Entonces entendí que se trataba de un homenaje a un difunto. Al preguntarle a una mujer de qué se trataba el evento, me comentó que se estaban cumpliendo los ocho días de la muerte de una persona y que habían ido a bendecir la cruz para llevarla al cementerio. Me invitó a participar con ellos, después iríamos a comer a casa de los familiares.

Salí detrás de la pequeña comitiva. Ya en el atrio de la iglesia una chica se acercó a invitarme nuevamente a la participación de las actividades. Le agradecí la atención, pero le dije que no quería incomodarlos: primero, porque yo era un vil desconocido; luego porque andaba de playera y short, y finalmente porque era un evento netamente familiar. Es decir, algo íntimo. Salí con ellos de la iglesia, yo me quedé en el parque.

Pensé en ir a visitar el panteón, para ver si aún había gente celebrando a sus muertos. Me encaminé hacia ese lado, mientras iba fotografiando los murales que encontraba a mi paso. De pronto llamó mi atención un enorme altar en una casa, al fondo de un garaje. En la entrada un joven lavaba su auto. Le pedí permiso para tomar unas fotografías. Él accedió y entré a su patio, subí un poco la pendiente para llegar a la ofrenda.

Por un costado se encuentra la parroquia de Santa Elena de la Cruz, de Santa Cruz, Xoxocotlán. Atravesé su arco de entrada; en el patio me encontré con una cruz primorosamente labrada. Adentro se escuchaba una mujer cantando cánticos sacros a manera de arias de ópera.

Este altar era un poco diferente a los que había visto en Oaxaca. Tenía un arco forrado de flores, en el arco habían colgado plátanos, naranjas, mandarinas, jícamas, dulces y algunas decoraciones. En medio se veía a la Virgen de Guadalupe, en el nivel más alto del altar. Ahí estaban las fotografías de familiares, los platos de comida, cervezas, etc. En los dos siguientes niveles de abajo había distribuidos panes, dulces, naranjas, plátanos, tejocotes, veladoras y el incensario verde de tres patas.

Mientras fotografiaba las ofrendas, salió un anciano de una habitación, abotonándose su guayabera. El hombre se veía muy pulcro. Después de saludarme, dijo: «El altar es estilo veracruzano, aquí no se hacen con arcos», afirmó y comentó que él era el exsubdirector Oseas Cerrero, jubilado de una secundaria. Me mostró un periódico, enmarcado sobre una pared, donde se habla de su labor educativa.

Refirió haber estado trabajando en el Higo, Veracruz. Fue allá donde conoció a su esposa, por lo que en homenaje a Veracruz siempre hace el altar como los de aquel estado. Luego habló de cómo construyó su casa por partes, hasta lograr lo que ahora tiene. Por un lado del patio se veía una numerosa cantidad de sacos de carbón. Me mostró que su esposa se dedicaba a vender antojitos, por lo que ya se estaba preparando. Entonces me despedí de la familia y continué hacia el camposanto.

Por fin llegue al cementerio, cuya fachada es una simulación del Partenón, donde está escrito “Polvo eres y a ser polvo tornarás”. En la entrada un hombre ofrecía helados. Había muy poca gente, pero las tumbas estaban bien decoradas de flores rojas y amarillas; en algunas hasta tamales, chocolate y otros alimentos tenían. Había dos tumbas juntas que se me hicieron curiosas, a pesar de que parecían estar ocupadas.

Ambas tenían cruces de metal con placas sobre ellas, una era roja y otra azul, pero sobre las placas no había nombre alguno ni fechas. En su lugar, la cruz roja decía: “Aquí estoy jodido, pero contento”. Y la cruz azul decía: “Uno nomás y aquí quedé…”. Ambas estaban limpias, tenían flores. Los trabajadores estaban haciendo las labores de limpieza. Sobre la barda exterior del cementerio, se habían pintado murales alusivos a las fiestas.

De regreso al parque central, advertí muchos murales. Hasta logré ver que algunos de ellos decían “Ruta Mictlán”, por lo que con razón había tantos. Todos se notaban pintados recientemente. No había más que ver en el pueblo, por lo que caminé hacia la carretera principal y tomé un taxi.

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Acerca del autor

Rolando García de la Cruz
Antologado en los libros «Voces Papantecas», de la Coordinación de escritores papantecos y «Espejo de letras» en la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. Su relato «Un paseo por la Concha» ha sido mencionado entre los diez mejores trabajos de Latinoamérica en el certamen «Un fragmento de mi vida» organizada por la Asociación Mexicana de Autobiografía y Biografía en el 2011.

About Rolando García de la Cruz

Antologado en los libros «Voces Papantecas», de la Coordinación de escritores papantecos y «Espejo de letras» en la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. Su relato «Un paseo por la Concha» ha sido mencionado entre los diez mejores trabajos de Latinoamérica en el certamen «Un fragmento de mi vida» organizada por la Asociación Mexicana de Autobiografía y Biografía en el 2011.