Teodosio García Ruiz y los caminos de la memoria

Hace unos cuantos meses murió Teodosio García Ruiz, el poeta tabasqueño que supo descifrar en muchos de sus versos el sabor de suyo irrepetible de la tierra que habitó, el aroma de sus frutas y de sus alimentos y el gozo, por momentos atávico, que transmiten sus ritmos tropicales.

Teodosio —el querido y entrañable “Teo”— era también, sin duda alguna, un retratista. Lector de la vida de los otros, tanto como de los muchos libros que leía, era un obseso cuando de grabar en la memoria el calibre o la constitución de un semejante se trataba. De la lectura, García Ruiz (Cunduacán, 1964-Villahermosa, 2012) pasaba inexorablemente a la escritura. Y en ese tránsito, en esa terra incognita de la que surgían sus textos, personaje y retrato, amalgamados, comenzaban a ser parte del escenario ordinario, y muchas veces familiar, con que tantas veces se poblaron sus escritos.

Fotografía: Alejandro Breck.

Fotografía: Alejandro Breck.

Ahora mismo, mientras leo con sorpresa y gratitud Nostalgia de Sotavento (UJAT, 2003), la voz del poeta señala, poderosa, la llaga que le duele. En ese páramo triste y desolado de refinerías y ductos, de trabajadores petroleros y de mujeres con culos prominentes, el autor de Poemas y canciones para la infanta (2001) no puede sino discurrir sobre lo inmediato, sobre aquello que habrá adherirse a la piel del poema del mismo modo en que esa ceguera avasallante a su propia vida. “Cuando ardieron los pozos, los poliedros de mi voz se enquistaron para siempre./Un espectro de humo cubrió las selvas devastadas y hubo/ tumultos en mitad del sueño y hubo correrías en la ciudad/ metropolitana y periódicos y expropiación./ El médico no controló mi sed./ Hoy con las fotos de aquellas peripecias, descubro la diabetes enconchada en los últimos rincones de mi espíritu…”

Teodosio García Ruiz, retratista. A la distancia, después de muchos años, recuerdo vivamente su respuesta a mi búsqueda, a mi avidez por encontrar una voz entre el concierto de voces en ciernes de la aldea literaria tabasqueña. “¿Quién es Payró?”, preguntó al otro lado del teléfono. “Payró, sí, el que tomó con usted el curso de conducción de talleres, acuérdese”. Y ése era yo. El perfecto desconocido llamándole al destacado poeta de la voz irreverente. El eterno aprendiz ante el descollante escribidor de versos con paisajes villahermosinos. El taller literario comenzó poco después su tarea de criba y de oficiosa lectura, y eran las tardes en la no tan lejana biblioteca del IV Comité Regional de la Conalmex-Unesco, con sede en Villahermosa, un reducto de fresco discurrir en torno al texto difuso o mal planteado, aunque también un espacio sin par para las palabras y su brega impúdica. Allí, entonces, los atisbos de la voz ahogada. Allí la cercanía con el poeta y con su vida, la mar de vulgar e inexplicable.

Confieso que cuando leí libros como Sin lugar a dudas (1985) y Yo soy el cantante (1990), dos de sus títulos iniciales, lo primero que me pregunté fue si aquello que escribía Teodosio era, en verdad, poesía. Palabras como Atasta, borracho, carajo, cerveza, frijoles, mierda, pendejo, puta, Tamulté, Tecate y Tierra Colorada parecían no encontrar sitio alguno en la constelación de bellas imágenes que -imaginé- debían descansar sobre los pies del ritmo, así que no pude entender al poeta si no una vez entrado en lecturas y conversaciones. “…que si el río tuviera pies no estaría de pendejo/ en ese cauce lleno de mierda de vaca/ y de gente/ y de carros/ y de gobernadores/ pero que también si la mierda/ la exitosa/ la primaveral/ la aristocrática/ la gentil mierda/ tuviera su propia opinión…” En fin, que lo que me sorprendió de aquellos primeros contactos con la obra del poeta fue su obsesiva disposición para querer hacer poesía con lo menos, aparentemente, poetizable. ¿Qué podría haber de bello en una cantina? ¿Qué cosa podría rescatarse de un paisaje anodino como los que pueblan Villahermosa? Nada, si no se es un poeta como Teodosio García Ruiz, poseído de principio a fin por cierta clase de demonios. Ahora trataré de explicarme.

Todos los libros de García Ruiz, comenzando por títulos como los ya citados (que después le parecieron hasta cierto punto vergonzosos: por su escritura, por su lenguaje, por lo viejos que se volvieron cuando él reparó en los nuevos cauces de su lírica)  y por posteriores, como Furias nuevas (1993), Bananos (1997) y Sueños de la estirpe (2001) no escatiman en regodearse con la contemplación del escenario real -inmediato- a partir del cual el poema fluye. Hay en ellos una vulgaridad latente, aunque no pocas veces también explícita. Por supuesto, se trata de descifrar, antes que mal interpretar, el sentido de esta vulgaridad desde la concepción misma con que fueron escritos los versos. Jorge Guillén, el insigne poeta que formara parte de la Generación del 27 española, escribió respecto de su propia tarea poética:

Hay un prejuicio de que la poesía es una cosa delicada, intima, independiente, de sentimiento, pero todo lo que puede ser social es poesía desde que existe en griego la palabra sátira…Siempre parto de lo elemental, del cuerpo que soy, de lo esencial que es el aire que respiro. Y el aire que respiro me pone en relación con el mundo, con el mundo en el que nunca estoy solo, somos ‘nosotros’, es el ‘aire nuestro’.

Quizá no haya, entre los poetas tabasqueños del último cuarto de siglo, ningún poeta más consciente del alcance social de su decir poético que Teodosio García Ruiz. Quien busque en sus poemas hallará un latido, casi una intrusión ruidosa, de aquella realidad que a ratos lo asaltaba y en no pocos instantes lo obsedía. De esa conciencia social parte, sin ninguna duda, su defensa de la educación y de la lectura como tabla de salvación en medio del mar de la barbarie.

Profesor de telesecundaria en comunidades rurales de Tabasco durante todos los años que le permitió la diabetes, “Teo” encontraba en la enseñanza y en la promoción didáctica de la lectura una oportunidad para ejercer lo que en los talleres literarios continuaba con generosa delectación. Teodosio García Ruiz leía a los demás y se leía a sí mismo en los talleres, frecuentados casi siempre por conciliábulos que, como él, no pocas veces acababan por asumir la escritura como una búsqueda que habría de pasar necesariamente por cantinas, bares de mala muerte y parajes villahermosinos. Quiero decir, que en torno al autor de Textos de un falso curandero, una tribu de ávidos trasnochadores empeñados con el paridero de letras se formaba y era el poeta, entre ellos, una suerte de supremo oficiante.

Teodosio García Ruiz, he dicho, era un verdadero retratista. Retrataba, entre otras cosas, en sus escritos el temple de las tardes en aquellos vecindarios ruidosos que tan bien conoció, el de la estoica miseria que envuelve al sistema educativo (que tan bien vivió y testimonió) en las comunidades rurales de Tabasco y el de la gente con la que se cruzaba en su camino. Unos cuantos meses antes de morir, me envió por correo electrónico el borrador de su libro, aún inédito, Villahermosinos. “Declaración de amor a una ciudad que ha comenzado a convertirse en sombra de su pasado”, pensé. Sí, pero también, me dije, tributo memorioso a la amistad, al afecto y a la historia de quienes construyeron y construyen esta “ciudad de la desmesura”.

Todos los caminos conducen a Roma, la excelsa ciudad del mito, y todos lo caminos del sureste mexicano conducen a Villahermosa. Pero los caminos no son si no se andan, y muchos viajeros y oriundos no se reconocen en los espacios públicos de la memoria…

Todos los caminos, en Tabasco, debieran conducir de ahora en adelante a la obra honesta y auténtica de un bravo hijo suyo. Un poeta que habrá de perdurar mientras sobre esta tierra se posen el inclemente sol y los mosquitos. 

Francisco Payró

Macultepec, Tabasco, 1975. Economista y escritor. Autor de los libros de poesía "Bajo el signo del relámpago" y "Todo está escrito en otra parte", así como del conjunto de ensayos "Tradición y búsqueda en el trópico: ensayos sobre poesía tabasqueña contemporánea".

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