El recuento que faltaba: Érase una vez un cuento

Celebro la aparición de un libro como Érase una vez un cuento, secuela del compendio general que en torno a la producción cuentística en Tabasco inició en 2008 el narrador e historiador Luis Acopa (Villahermosa, 1978). Celebro la amplitud de sus miras que busca extender el recuento de relatos escritos en la entidad, desde las postrimerías del siglo XIX hasta los primeros años de un siglo que recién ajusta su primera década.

Si, como afirma el compilador, la escritura de cuentos en un estado comúnmente tildado como tierra de poetas es tan profusa que demuele ese aserto por fallido, bien podríamos esperar los lectores y oficiantes de estas latitudes una saludable vitalidad del género.

Por su parte, Luis Acopa no se mete en líos. Lo suyo es compendiar, traer a cuento la enorme masa de relatos que hacen posible una empresa como la suya, sin que por ello deje de extrañarse en su loable tentativa un cierto esfuerzo por clarificar, por diseccionar —así sea en líneas generales— lo encontrado. Cierto: Acopa esboza, en su introducción a este segundo volumen, un panorama de la cuentística que él ha venido compendiando con rigor; nos entera, así, de tres momentos claramente definidos a lo largo del tiempo —el primero de ellos, parte de finales del siglo XIX y termina en las primeras dos décadas del siglo XX; el tercero culmina el siglo pasado, luego de haber iniciado a finales de los años setenta— para ofrecernos, al final, una síntesis que en, resumidas cuentas, postula que el cuento en Tabasco ha atravesado por tres grandes períodos: clasicismo-romanticismo, costumbrismo-regionalismo y modernismo-posmodernismo. Lo que no alcanza apreciarse, en medio de tan útil diferenciación, es un claro deslinde de autores y de obras, ejercicio indispensable para la elaboración de posteriores aproximaciones críticas y estilísticas a la narrativa tabasqueña.

Aventuro, con base al estimable valor de la tarea compiladora de Luis Acopa, una hipótesis de trabajo sobre el carácter de nuestra producción cuentística: ceñida, como ha estado, al decurso de la producción literaria en Hispanoamérica, la narrativa en Tabasco no ha hecho sino constituirse en reflejo del devenir evolutivo de la literatura en un contexto continental, signado por tendencias y escuelas. Así, el decimonónico Sánchez Mármol no hizo sino plegarse a la ola romántica y moderna que dominó buena parte del siglo XIX; el sociologismo —psicológico, telúrico y urbano— dominante a principios del siglo pasado permea los relatos de autores como Félix Fulgencio Palavicini y de Rafael Domínguez con una fuerza manifiesta, producto de una conciencia delirante por los acontecimientos sociales de una Hispanoamérica en recomposición.

El influjo del vanguardismo —los ismos que en realidad lo constituyeron— es evidente, como en otros países del continente, en los relatos publicados casi de manera exclusiva en revistas y periódicos. La preocupación formal, el “tanteo” y la búsqueda de nuevas formas de expresión son notorios en los trabajos de narradores como Josefina Vicens, Alicia Delaval, Gabriela Gutiérrez de González y Pedro Ocampo Ramírez, autores en los que el realismo —rural imaginativo, urbano y metafísico— adquiere rasgos, hasta cierto punto, asimilados de las vanguardias. Otros narradores como Mario De Lille, José Carlos Becerra, Andrés González Pagés y Fernando Nieto Cadena experimentan de manera particular con esta veta ficcional, nacida de una lectura atenta del vanguardismo europeo entre los escritores latinoamericanos de mediados de siglo.

El segundo tomo del compendio general emprendido por Luis Acopa, permite, por otro lado, avizorar el rumbo seguido por la cuentística tabasqueña durante un buen tramo del siglo pasado, y permite delinear los rasgos de la “eclosión” iniciada, según el compilador, en 1979. En primera instancia, nos encontramos ante un volumen que conjunta autores representativos de ese costumbrismo-regionalismo, propio de inicios de siglo, con autores para los que el lenguaje y el personaje literario —en tanto resorte de la trama y el conflicto— constituyen el eje nodal del relato. Exponentes de la primera corriente son Manuel Palavicini, Jesús Ezequiel de Dios y, en mayor o menor medida, una buena cantidad de narradores recientes, entre los que destacan Heriberto Olivares, Bertha Ferrer y Pascual Bellizia. Cuentistas con una clara conciencia del lenguaje y sus posibilidades dramáticas son Álvaro Ruiz Abreu, Ariel Lemarroy, Teodosio García Ruiz y Vicente Gómez Montero, todos con una producción narrativa dada a conocer hace unos cuantos años.

Tabasco vive, es cierto, una profusa abundancia de narradores. Particularmente a partir de la década de los noventa, con la irrupción tardía de autores nacidos en la década de los cincuenta y sesenta, dominan el escenario narradores novísimos que han visto publicados sus relatos en diarios, revistas culturales y libros colectivos. Sin experimentarse lo que en principio supondría la llegada de un “posmodernismo” no asumido, hay una disgregación formal y temática que —como en toda Hispanoamérica— alude a la música, a la mujer, a los universos imaginarios, al minimalismo, al sexo y a la ciudad como espacios simbólicos, resueltamente entreverados. En ese tenor, el trabajo de Luis Acopa ha cumplido con su primer propósito: mostrar la rica gama de una simiente que bulle bajo el sol y el calor infernal del más profundo trópico.

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Francisco Payró

Macultepec, Tabasco, 1975. Economista y escritor. Autor de los libros de poesía "Bajo el signo del relámpago" y "Todo está escrito en otra parte", así como del conjunto de ensayos "Tradición y búsqueda en el trópico: ensayos sobre poesía tabasqueña contemporánea".

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