Economía política de la desigualdad

Desde que apareciera, en 2014, la traducción al inglés de El capital en el siglo XXI,[1] del economista francés Thomas Piketty, la figura y los planteamientos de quien se convertiría en una especie de super-star de la teoría económica de la desigualdad en el mundo no han dejado de ser traídos a cuento cuando de abordar la compleja polarización de la riqueza global se trata.

A Piketty puede atribuírsele la formulación de una sencilla —y deslumbrante, en su aparente simplicidad— expresión algebraica (r>g) que da cuenta del fenómeno acumulativo e histórico de la concentración de la riqueza en una buena cantidad de países occidentales y, en menor medida, asiáticos. Robusta, como ha demostrado ser, para describir a través del análisis económico y estadístico en un ámbito temporal que parte del siglo XIX —y aun de más atrás, para el caso de Francia— una realidad ínsita a la economía capitalista, de la tesis fundamental de Piketty (los ricos se enriquecen cada vez más en la medida en que el capital tiene en el largo plazo una rentabilidad mayor que la del trabajo) se desprende una visión que apunta a la necesidad de redistribuir riqueza en un contexto de desigualdad creciente.

Alrededor de ese núcleo argumental se despliegan las ideas y los planteamientos contenidos en La economía de las desigualdades y en La crisis del capital en el siglo XXI, sus dos últimos libros traducidos al español. El primero, publicado originalmente en 1997 pero con actualizaciones que parten de ese año y se extienden hasta 2014, es un repaso de las posturas tradicionalmente enarboladas por la izquierda y la derecha de cualquier país del mundo a propósito de lo que, particularmente con el surgimiento de las coyunturas socio-económicas y financieras características del siglo XXI, debe —o debería hacerse— en materia de desigualdad.

La primera, en sus distintas variantes, intenta ser fiel a la historia que dio pie a su identificación como tal en la Francia de la Revolución de 1789 y suele postular un modelo de redistribución directa: sólo es posible distribuir con justicia social a partir de las conquistas de las clases menos favorecidas y de la intervención estatal en la corrección de los fallos atribuibles al mercado. La segunda, particularmente desde el fuero individualista que le es inherente a la vertiente liberal inaugurada por Adam Smith, optará por la menor de las incidencias posibles en el mecanismo virtuoso del mercado y propondrá —de forma invariable— esquemas de distribución ligadas en teoría al espíritu empresarial, a la productividad y a una menor intromisión del Estado en el engranaje distributivo.

Piketty asienta:“…sólo un análisis minucioso de los mecanismos socioeconómicos que producen la desigualdad podría otorgar su cuota de verdad a estas dos visiones extremas de la distribución…”, de lo que se sigue que, desde la perspectiva comprensible, y hasta esperada, de este afamado profesor de la Escuela de Economía de París, a la hora de discutir en torno al desigual reparto de la riqueza, lo que en principio cabe esperar es la obtención de esas conclusiones a las que sólo puede llegarse desde lo que, en el ámbito de la llamada ciencia económica, ha sido denominado como economía positiva.

Motivo de múltiples estudios y disquisiciones teóricas, y aun filosóficas, esta rama del análisis económico abunda en la descripción de comportamientos, pero se resiste a prescribir. Puede ofrecernos, como lo hacen los trabajos de Piketty —y antes que los de él, los de algunos de sus eminentes precursores: Arrow, Kuznets, Rawls, Stiglitz— una explicación articulada de las causas de la desigualdad, pero sus límites terminan allí donde comienza eso que, hacia 1857, John Stuart Mill acusó como “la cuestión política” de la distribución, una vez producida la riqueza. Frente a tales límites, varios economistas como Gunnar Myrdal (The Political Element in the Development of Economic Theory), Kenneth Boulding (The economics as a Science), Fritz Schumacher (Small is Beautiful: Economics as if People Mattered), entre otros, cuestionaron hace décadas la supuesta capacidad del análisis económico para despojarse del “elemento político” a la hora de abordar el fenómeno distributivo, y eso los llevó en su momento a cuestionar la validez y la verdadera repercusión de las prescripciones formuladas desde la llamada “ciencia económica”.

Si alguna virtud habría que reconocer en los trabajos dados a conocer por estudiosos como Piketty es su confianza en que aún pueden obtenerse conclusiones útiles desde esa disciplina a la que Marx siempre creyó plagada de “apologistas” del capitalismo (El capital). Esa confianza, como la de otros economistas como él, proviene de una visión que intenta apartarse del análisis convencional y que recurre —tal es su caso— al análisis estadístico, pero también al histórico e, incluso (como ocurre en El capital en el siglo XXI), al literario.

En La economía de las desigualdades puede encontrarse, por un lado, esa exposición de hechos y ese lenguaje descriptivo tan propios de la economía positiva, tal y como ésta fue caracterizada por John Neville Keynes (el padre del célebre John Maynard Keynes) en un influyente texto de 1891.[2] En cambio, en las “crónicas de los años en que el capitalismo se volvió loco”, Piketty es más bien ese comentarista incisivo, e incluso virulento, que cabría esperar en un economista presto a someter a juicio las decisiones de política económica en una Eurozona con la brújula extraviada en materia de crecimiento económico y distribución del ingreso.

En La economía de las desigualdades el texto advierte, casi asépticamente, de que “sólo un análisis minucioso de los mecanismos socioeconómicos que producen la desigualdad” podrá facilitar la obtención de un veredicto acerca de aquello en lo que la izquierda o la derecha podrían tener razón, pero en La crisis del capital en el siglo XXI, el autor arremete contra esa izquierda europea tibia ante temas cruciales como la falta de equidad fiscal, los caóticos sistemas previsionales que dominan el panorama laboral en muchos de los países de la UE, y la riesgosa ausencia de autonomía en muchas universidades del viejo mundo. De la derecha afirma: podrá no equivocarse en su visión de que, entre una distribución fiscal (aquella que, en un contexto de economía de mercado, transfiere al trabajo en forma de compensaciones lo que cobra en forma de impuestos al capital) y una distribución directa (la que pugna por ganar, a través de conquistas políticas, una mayor tajada de la riqueza para el trabajo), la primera ha demostrado provocar en el largo plazo un efecto benéfico sobre el sistema económico en su conjunto. Pero de ahí a que haya que dejar en manos de esa derecha —que en una amplia porción del continente ha terminado por adoptar posiciones radicales donde caben el antieuropeísmo, la xenofobia, la antiinmigración, la islamofobia y el antisemitismo de movimientos como el Frente Nacional (Francia), Alternativa para Alemania (Alemania) o el Partido del Pueblo Danés (Dinamarca), por poner unos cuantos ejemplos— el destino inmediato de una Europa dividida en lo político y hundida en una crisis de profundas implicaciones en lo económico, no hay más que un paso hacia el abismo.

Sorprendentemente, en sus posturas en torno de lo que debería hacerse en esa Europa dividida, Piketty aboga por unos “Estados Unidos de Europa” capaces de hacer frente al colosal problema de la deuda. ¿Bastará, en realidad, con instaurar ese “Senado Presupuestario Europeo” al que hace referencia para comenzar a frenar de una vez por todas la dinámica centrífuga que parece debilitar los esfuerzos de la UE para recomponer su papel en el desequilibrado entorno internacional? Todo parece indicar que no. En esencia, porque más allá de que la deuda supera en promedio el 90% del PIB en los países de la Eurozona, las tensiones políticas que han conducido recientemente a los amagos separatistas de países como Grecia —y su sometimiento a las condiciones crediticias impuestas por la troika europea, pese al referéndum del pasado 5 de julio de 2015— y Reino Unido —con su salida inminente, a partir del Brexit aprobado en referéndum por una mayoría de votantes en junio de 2016— colocan a la UE en una posición que no pocos analistas han calificado como de franco riesgo de resquebrajamiento.

¿Importará, después de todo, para efectos de identificar la raíz del “descarrilamiento” europeo lo alejada que pueda estar de las verdaderas soluciones la postura integracionista de Piketty? Es probable que no. Quizás este profesor de la Escuela de Economía de París se equivoque al atribuir a la integración la solución de buena parte de los problemas de la UE —solución que, debido a las políticas de austeridad impuestas por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el FMI, a la estructura gigantesca y burocrática que la sostiene y a los serios desacuerdos que han supuesto entre sus miembros fenómenos tan complejos, como el de la crisis de refugiados, se ha granjeado el rechazo de millones de ciudadanos—. Pero de allí a que detrás de sus planteamientos no haya una articulación argumental lo suficientemente poderosa como para colocar al problema distributivo en el centro del debate en torno a la división que aqueja a Europa podría haber un gran equívoco.

En el núcleo de los artículos publicados en La crisis del capital en el siglo XXI se encuentra la idea de que a lo largo del siglo pasado casi todos los gobiernos europeos instrumentaron medidas que, o bien han terminado por favorecer fiscalmente al capital —el caso de las mayores deducciones a empresas por contribuciones al valor agregado, en Francia; el rescate injustificado de bancos, en Irlanda, o la estratificación social educativa en el Reino Unido— o bien han abandonado la tarea fundamental de preservar la estabilidad y estimular el crecimiento —tal es el caso de lo ocurrido con el Banco Central Europeo (BCE), que a partir de la crisis de la deuda desatada en 2008 ha optado en algunos momentos por estimular la economía de los países miembros mediante la compra de deuda, pero en esa maniobra de salvamento el incremento en el déficit de los Estados, derivado de la caída en sus ingresos fiscales, ha conducido a una mayor vulnerabilidad de éstos ante la recesión a la que dicen combatir.

Juiciosa, incisiva e irónica, la mirada de Piketty pasa revista al eterno conflicto entre esa izquierda europea —que, empezando por la socialdemocracia francesa, ha quedado tanto a deber en el terreno del igualitarismo educativo y la progresividad fiscal, pero aún más en lo que a reformas previsionales, modernización gubernamental y gastos de salud se refiere— y la derecha, que en una buena porción de Europa adopta el ropaje contradictorio del “neopatriotismo euroescéptico”, cuya misión —sostienen una y otra vez sus principales líderes, provenientes fundamentalmente de Holanda, Francia, Italia y Alemania— es rescatar a los Estados-Nación europeos de la “catástrofe integracionista”.

Estas “crónicas de los años en que el capitalismo se volvió loco” dan cuenta, en efecto, de un período concreto de nuestra historia reciente —el que va de 2004 a 2012— en el que las economías de Occidente parecieron naufragar entre las grandes olas de una crisis financiera hasta ahora apenas contenida. El mérito de esas “crónicas” radica, en todo caso, en su carácter reincidente. Que apelen, una y otra vez, a la amenaza que para tantos constituye la existencia de un capitalismo exclusiva y salvajemente patrimonial es a todas luces su mayor contribución al entendimiento de lo que significa esa amenaza.

[1]Edición en español publicada por el Fondo de Cultura Económica. Mi reseña correspondiente para Letras Libres puede encontrarse en el siguiente enlace: http://bit.ly/2c1ijzi.

[2] John Neville Keynes, The Scope and Method of Political Economy, Batoche Books, 1999.

 

 

 

 

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Francisco Payró

Macultepec, Tabasco, 1975. Economista y escritor. Autor de los libros de poesía "Bajo el signo del relámpago" y "Todo está escrito en otra parte", así como del conjunto de ensayos "Tradición y búsqueda en el trópico: ensayos sobre poesía tabasqueña contemporánea".

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