La ciudad de las cabezas olmecas

Para esta octava entrega de su bitácora de viaje (la primera correspondiente al nuevo año 2022 aparecida en este blog) Rolando García de la Cruz escribe sobre su visita a La Venta, ciudad petrolera y cuna de los vestigios olmecas en Tabasco. Con algunas de sus contradicciones materiales y humanas, los espacios de la otrora villa se asoman en el texto mientras el lector también es testigo de un recorrido por una poco concurrida y casi desconocida zona arqueológica.

La Venta es la ciudad tabasqueña más cercana a los límites con Veracruz. No es muy grande, pero su importancia radica en su complejo petroquímico y en la zona arqueológica olmeca. La gente aún le llama «Villa La Venta». Después de bajar del autobús, caminé una cuadra sobre la calle principal en la que a manera de glorieta encontré una cabeza olmeca.

Esta ciudad no tiene el trazo de una ciudad colonial o antigua: el parque central está por un lado, por otro la iglesia católica y en otra parte se encuentra el Palacio Municipal. Lo primero que visité fue el mercado, donde un hombre me ofreció en cien pesos lo que llamó un «mazo» de jaibas azules. Se trataba de un atado de cinco jaibas; bellos en color con grandes pinzas, aún estaban vivos. Para entonces era temprano y la gente apenas estaba acomodando sus ventas.

El fenómeno del «sinhogarismo» se da en casi todas las ciudades y La Venta, a pesar de ser muy pequeña, no es en ese sentido la excepción. Aquí encontré a un hombre con sus bolsas puestas sobre la banqueta; tenía tres botellas de coca cola vacías, formadas en línea, y frente a ellas sus corcholatas. El hombre, con el pelo enmarañado y sentado en la banqueta, estaba absorto escribiendo algo en unas hojas de papel amarillo. Me dio curiosidad saber qué escribía. Me acerqué cautelosamente y vi que había hecho varias filas de círculos, como cuando se hace ejercicios de escritura script.

Caminé hasta encontrar un pequeño parque. Había otra cabeza olmeca de color café y cerca de ahí estaban las oficinas de tránsito, donde me informaron sobre la ruta para llegar a la zona arqueológica. En el camino hallé la iglesia, una construcción reciente muy austera, con dos torres y muchas ventanas angostas. Continué hasta llegar a la entrada de la zona arqueológica, donde había otra cabeza olmeca. Al ingresar, anoté mis datos en el libro de visitas. Me di cuenta de que yo era el único visitante. El joven de la recepción me conminó a utilizar repelente, si es que traía, para los moscos. Pensé que era una exageración, pero sólo sonreí. Luego me explicó cómo estaba dividida la zona y me indicó el inicio del recorrido.

Empecé por un camino entre árboles donde encontré unas extrañas flores secas sobre un arbusto. Éstas parecían unas plantas carnívoras, abiertas como el pico de un polluelo; toda la cascara tenía pilosidad como el rambután y dentro estaban vacías. Después supe que se trataba de las flores del árbol de achiote. En su momento son de color rojo y contienen las semillas que sirven para hacer el colorante. Comí algunos nances amarillos, recogí algunas frutas de las palmeras y tomé fotos a las heliconias. Encontré las primeras piezas al aire libre pues, debido a la localización de un yacimiento petrolero muy cerca de la zona arqueológica, ésta se había visto amenazada. El poeta de América, Carlos Pellicer Cámara, inició un proyecto de rescate y llevó de La Venta a Villahermosa treinta y seis monumentos del sitio. Con las piezas originales creó, junto a la Laguna de las Ilusiones, el Parque Museo La Venta.

La zona arqueológica está dividida en dos secciones, en cuanto a vegetación se refiere. En la primera sección hay algunos árboles frutales, palmeras, arbustos. El resto es pasto y hierbas. Ahí están tres grandes cabezas, algunas esculturas de personajes importantes, restos de una tumba de columnas de basalto. Hay una especie de montaña, se dice que es una pirámide de las más antiguas de Mesoamérica. En su cima existen unas bases de concreto, supongo que fue utilizada para colocar antenas, ya en tiempos modernos. Más adelante encontré un par de palmeras con más de treinta nidos de pavo real; las aves salieron huyendo mientras hacían su característico escándalo en cuanto me vieron y se internaron en la selva. Por ese costado de la pirámide había tres estelas sobre un basamento y más abajo, al terminar el pastizal, una gran estela ubicada junto a una cabeza colosal.

La segunda sección es selva. Hay muchos árboles y plantas de sombra tan tupida que por momentos aquella zona se ve casi completamente oscura. Fue para mí un infierno recorrerla. Las nubes de zancudos no me permitían estar un momento tranquilo. Si me quedaba estático para tomar una foto, mi cuerpo se ennegrecía de tanto mosco. El dolor de los piquetes era insoportable, así que con una toalla sacudía mis piernas, brazos y espalda con la idea de ahuyentar a los atacantes. Golpeando con mi mano maté muchos de ellos, pero mi cuerpo se embarró de sangre.

La zona arqueológica está dividida en dos secciones, en cuanto a vegetación se refiere. En la primera sección hay algunos árboles frutales, palmeras, arbustos. El resto es pasto y hierbas. Ahí están tres grandes cabezas, algunas esculturas de personajes importantes, restos de una tumba de columnas de basalto. Hay una especie de montaña, se dice que es una pirámide de las más antiguas de Mesoamérica.

Así avancé por la vereda, tomando malas fotografías. Hasta que llegué al famoso altar cuatro. A pesar de los moscos, quise sacarme una foto emulando a Carlos Pellicer y me senté en la misma posición de la figura de ese altar, pero sólo pude tomar dos. De regreso a casa descubrí que una planta parecida al papiro había arruinado mi foto: la planta cubrió el rostro de la cara del gobernante tallado en la roca. Luego, dentro del museo encontré una pieza que me fascinó. Se trataba de un pequeño incensario, una escultura de un jaguar zoomorfo parecido a un dragón con el hocico abierto. Las piezas de la zona arqueológica son réplicas, aunque supongo que la mayoría de los vestigios del museo sí son originales, pues hay piezas muy interesantes.

También me llamó mucho la atención un grupo de dieciséis figuras humanas y seis hachas, todas hechas de piedra pulida en colores que iban del verde a otros más oscuros. Pero hay uno que no está pulido, su aspecto es rugoso y a su espalda se encuentran las hachas. No es, sin embargo, la figura principal de la escena. Todos tienen deformaciones craneales típicas de la estética precolombina; es una ofrenda con una escena ceremonial. Al salir a la recepción del museo, me encontré con que ya había más visitantes.

De regreso a la ciudad, caminando por la calle principal, encontré un curioso bar. En su banqueta tenía reproducciones de cinco esculturas olmecas y casi frente a él se encontraba el parque principal. Ahí hay una cabeza olmeca negra sobre una pirámide. Era tanto el calor que sentía, que no tuve ganas de seguir recorriendo las calles. Me fui directo a la central de autobuses. Al salir de la ciudad, noté que en el patio de una escuela había una cabeza olmeca gris. El aire acondicionado del autobús, mi cansancio y la sutil voz de María Callas en mis audífonos me durmieron hasta llegar a mi destino.

Acerca del autor

Rolando García de la Cruz
Antologado en los libros «Voces Papantecas», de la Coordinación de escritores papantecos y «Espejo de letras» en la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. Su relato «Un paseo por la Concha» ha sido mencionado entre los diez mejores trabajos de Latinoamérica en el certamen «Un fragmento de mi vida» organizada por la Asociación Mexicana de Autobiografía y Biografía en el 2011.

About Rolando García de la Cruz

Antologado en los libros «Voces Papantecas», de la Coordinación de escritores papantecos y «Espejo de letras» en la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. Su relato «Un paseo por la Concha» ha sido mencionado entre los diez mejores trabajos de Latinoamérica en el certamen «Un fragmento de mi vida» organizada por la Asociación Mexicana de Autobiografía y Biografía en el 2011.

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