Datong, la ciudad del fénix y el carbón.

Para esta segunda entrada correspondiente a su viaje por China, Rolando García de la Cruz escribe sobre su visita a Datong, ciudad situada al oeste de Beijing que contiene entre sus murallas parte de ese pasado dinástico de la China imperial. Por su imponente arquitectura y sus colosales vestigios del culto budista en el gigante asiático, Datong es considerada por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad.

Después de un largo viaje por tren de más de cuatro horas en las que admiré montañas, ríos y llanos, por fin llegué a Datong. Ya era de noche. Situada cerca de la frontera con Mongolia, no se trata de una ciudad muy grande.

Luego de instalarme, bajé a buscar algo de comer. En el elevador encontré a un grupo de personas, sintieron curiosidad y me preguntaron de dónde era. Al responderles, uno de ellos afirmó que México estaba en América del Sur. Su aseveración hizo que me sorprendiera de lo poco que los orientales saben de América; preguntaron si mi idioma materno era el inglés.

Encontré un puesto de comida callejera. A pesar de estilarse para el desayuno, ahí disfrute del Jianbing. Se trata de una masa de harina con semillas que distribuyen en un comal redondo a manera de una gran tortilla; luego le agregan un huevo para barnizar toda la tortilla, cebollas, una salsa parecida al mole y sal.

La mujer que me atendía sacó de una olla hirviendo algo como un chicharrón cuadrado y lo dejó escurrir. La puso sobre la tortilla. Le agregó granos de elote, lechuga, entre otros vegetales; después lo dobló, quedando como un rectángulo que metió en una bolsa de papel. Era maravillosa esa combinación de sabores y sensaciones, el contraste de la suavidad de la tortilla de harina y el crujiente chicharrón. Es comida callejera, pero muy rica.

La primera visita que hice al día siguiente fue a las grutas de Yungang, la llamada Petra China. Tomé el autobús que me llevó directamente al lugar, sin contratiempos. El inicio es una gran puerta y un corredor con columnas sostenidas por elefantes, influencias de India y Persia. Luego se llega a un árbol decorado de cintas rojas. Más adelante hay un templo dentro de un lago. A lo lejos se veían pagodas como torres.

Sobre una montaña larga están excavadas 53 grutas y dentro hay budas grandes. En su derredor, sobre las paredes, en las puertas, hasta en los techos, hay pequeños personajes. Son hasta 50,000 esculturas. Los budas mejor conservados son a los que les han cubierto con fachadas tipo pagodas. Ahí se encuentran las esculturas policromadas, son muy bellas por lo elaborado y el colorido, sólo que muy polveadas. Casi todos los budas enormes tienen una ventana, como para que puedan mirar el paisaje. El más grande es de 16.8 metros.

Por la tarde, visité el centro histórico de Datong. Es una zona amurallada. Dentro, las casas viejas estaban siendo destruidas y nuevas construcciones con el estilo antiguo están siendo levantadas para atraer al turismo. Algunas cuadras se ven devastadas, tanto que parecen zonas de guerra. Las modificaciones están sucediendo por sectores. Lo pude constatar desde lo alto de la pagoda Huayan, la cual está rodeada de un foso con peces rojos. Tiene flores acuáticas que están alineadas formando esvásticas.

Con 43 metros de altura, es la segunda más grande en el país. Al acceder me dieron unos forros para mis zapatos tenis. Entré al sótano, donde todo es de cobre: aproximadamente 100 toneladas de este material. Luego de ver a un enorme buda, subí los pisos. En cada uno de ellos encontraba otro buda. Desde el último piso la vista de todo el Monasterio Huayan es impresionante. A lo lejos se pueden ver los grandes edificios de la ciudad moderna.

EL Monasterio Huayan, dedicado a Buda, ha sido destruido y reconstruido en varias ocasiones. Está dividido en dos secciones: el templo superior, con varios budas enormes, y el templo inferior que tiene una biblioteca de los Sutra (18,000 volúmenes).

Durante la revolución cultural el monasterio fue transformado en museo. En uno de los templos, unos guardias me pidieron que no tomara fotografías. Había dos grupos enormes de mujeres con toga café. Entonaban unos mantras relajantes. Me senté en una de las jardineras para disfrutar de los cánticos que hacían mucho bien a mi espíritu.

La plaza frente al monasterio tiene una puerta que parece puente, con una construcción sobre ella. Es espectacular y en la explanada hay una gran fuente ornamentada con dragones dorados. En la plaza se desarrollaba una obra de teatro.

Por lo que pude entender, dado que no tradujeron los parlamentos, se trataba de la unión de dos reinos mediante el matrimonio. Después de leerse ambos pretendientes sus pergaminos con algunas danzas ceremoniales, terminaban por toda la plaza en una procesión de bodas con ambos séquitos y heraldos.

También aquí hay «tamales». Llamados «zongzi», los vi en un puesto ambulante. A diferencia de los tamales mexicanos, tienen forma de tetraedro. Generalmente están envueltos en hojas de bambú, sobre un líquido, como si fuera su jugo. Su relleno es de arroz pegajoso con frijoles dulces y dátiles, o carne de cerdo con yemas de huevo de pato.

Regularmente se preparan para el festival del Barco del Dragón y se comen en honor al poeta Qu Yuan. Según la leyenda, el poeta se suicidó en el río Milou al ver que no podía impedir la conquista del reino. Los lugareños lo admiraban tanto que al no encontrar su cuerpo, lanzaban bolas de arroz a los peces como alimento, para que no se comieran el cuerpo del poeta.

En un país mayoritariamente budista, lo que me sorprendió fue encontrar en el centro histórico, dentro de las murallas, una mezquita. Es una combinación de arquitecturas entre china y musulmana. Con dos torres a manera de minaretes, terminan con tejados chinos y pináculos de la media luna. Hay un buen porcentaje de chinos que profesan la religión de Mahoma en esta ciudad. Fue una lástima que estuviera cerrada durante mi paseo.

Mientras caminaba por las calles, vi a varias personas descender de un autobús, entrar por una puerta de madera muy pequeña y destartalada. Sin preguntar, me colé con ellos. Descubrí que se trataba del famoso muro de los nueve dragones. El encargado dijo que estaban por cerrar en unos minutos, y con gritos nos conminó a salir.

Cerró la puerta para que no entraran más personas, pero desde afuera la presión fue tanta que la puerta cedió, y muchos visitantes entraron en desbandada. El pobre encargado corrió para impedirles la entrada, pero eran muchos y no hacían caso. Salí antes de que aquello se volviera un caos. Los nueve dragones chinos están formados por 426 azulejos. El de esta ciudad es el más antiguo y el más grande de toda China. Mide 45 metros de ancho por 8 de altura.

Encontré a un viejo vendedor de objetos usados. Entre las cosas que tenía en el piso, sobre una sábana, había varios libros rojos de Mao —el libro de la enseñanza obligatoria en escuelas y trabajos—, pequeñas cerámicas, objetos de metal y fotografías.

Más adelante encontré a un grupo de hombres jugando xiangquin —el también llamado ajedrez chino—, uno de los jugadores al verme mirando el juego no dudó en sacar su celular para tomarme una fotografía. Les llama la atención la gente con rasgos distintos a los de ellos. Los que sí terminan fastidiados son los «güeros», no los dejan en paz con las fotos. Más tarde, una chica me pidió tomarse una foto conmigo; luego me habló de su ciudad en un inglés que apenas si comprendí.

La puerta de los tambores al inicio de un hutong es muy interesante, pues es de roca, tiene detalles de músicos y muchos adornos elaborados. Fuera del centro histórico, y a un costado de la muralla, hay un foso con hermosos jardines.

Del otro lado del foso se está construyendo un mega complejo turístico que consiste en varias edificaciones con techos de aleros levantados, como los de las antiguas edificaciones. Muchos trabajadores, como hormigas, mueven troncos muy largos y ponen pisos o tejados. Las construcciones van muy avanzadas.

En un país mayoritariamente budista, lo que me sorprendió fue encontrar en el centro histórico, dentro de las murallas, una mezquita. Es una combinación de arquitecturas entre china y musulmana. Con dos torres a manera de minaretes, terminan con tejados chinos y pináculos de la media luna. Hay un buen porcentaje de chinos que profesan la religión de Mahoma en esta ciudad. Fue una lástima que estuviera cerrada durante mi paseo.

En un restaurante familiar, una mujer y un hombre me permitieron conocer el proceso de la elaboración de los «dumplings»: bocadillos de harina con relleno de cerdo, pescado, verduras o frutos. Pueden ser horneados o cocidos al vapor; al comerlos se remojan en vinagre negro o soya. Al cocinarlos, el hombre y la mujer pusieron las vaporeras de bambú en pila, formando una torre. Sobre un balde de agua hirviendo, cuando ya estuvo cada vaporera, las fueron llevando a la mesa que los habías solicitado.

Llamó mucho mi atención que una extranjera se interesara en mí. Me preguntó de dónde venía. Después de decirle que era de México comentó que era alemana. Dijo extrañarle ver a un extranjero por esos lugares. Afirmó que esta ciudad no es muy visitada por el turismo occidental, que hay más turismo nacional.

Después de un paseo y una larga charla nos despedimos. Unos pasos adelante encontré a Hotei, el llamado Buda sonriente. En realidad, se trataba de un monje que vagaba con un saco de tela y sobre el saco había unas ratas. Le froté la prominente panza para que siguiera sonriendo. Dicen que da suerte frotarlo.

La última noche, subí a la muralla para observar la ciudad. Arriba había personas paseando. Las espectaculares torres de vigilancia estaban encendidas. Por un lado se veían los rascacielos y por otro las maquinarias trabajando sobre la reconstrucción del centro histórico. Luego bajé a los largos jardines de las avenidas: quería despedirme de esta bella ciudad recorriéndolos.

Acerca del autor

Rolando García de la Cruz
Antologado en los libros «Voces Papantecas», de la Coordinación de escritores papantecos y «Espejo de letras» en la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. Su relato «Un paseo por la Concha» ha sido mencionado entre los diez mejores trabajos de Latinoamérica en el certamen «Un fragmento de mi vida» organizada por la Asociación Mexicana de Autobiografía y Biografía en el 2011.

About Rolando García de la Cruz

Antologado en los libros «Voces Papantecas», de la Coordinación de escritores papantecos y «Espejo de letras» en la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. Su relato «Un paseo por la Concha» ha sido mencionado entre los diez mejores trabajos de Latinoamérica en el certamen «Un fragmento de mi vida» organizada por la Asociación Mexicana de Autobiografía y Biografía en el 2011.

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