Emérita (fragmento), un poema de Raúl Renán.

El 14 de junio pasado se cumplió el cuarto aniversario luctuoso del poeta yucateco Raúl Renán (Mérida, 1928-Ciudad de México, 2017). Al poeta lo conocí hace poco más de veinte años, cuando impartió en la Biblioteca José María Pino Suárez de Villahermosa un taller literario que para mí resultó rico en interpretaciones y reinterpretaciones de la tarea poética y de su manifiesta expresión literaria: el poema. El maestro yucateco tuvo para con los textos que yo leí en el taller una postura comprensiva —incluso indulgente— y eso fue todo lo que yo necesité para aquilatar un poco de su talante creador; el de alguien que, por sobre su reconocida trayectoria como aventajado exponente de la poesía experimental en México, era un hombre destinado a ejercer un generoso magisterio dentro de las letras mexicanas. A cuatro años de la desaparición de «El hombre de La Máquina Eléctrica», agradezco a Norma Salazar —su compañera y albacea literaria— la oportunidad de sumarme desde este espacio personal a un merecido e inagotado homenaje en su memoria.

Introducción

Del cielo, debo tomar del cielo alejado la envoltura transparente que guarda a mi ciudad. Dadme el vigía catedralicio, Cristo ennegrecido por el fuego cuyas lenguas sólo tiñen color de carbón. Lar donde unas flores blancas edifican en hiladas el mes de mayo. Hallo el aroma en toda ella, mi ciudad nocturna, donde las calles ladrillo con ladrillo se dan lustre de siglos en voz maya. Haya sido camino de mi infancia o no, no le quita su facultad de criatura andante bajo el astro de fuego. Luego de moldear sus casas con dinteles geométricamente agudos, la sombra no se mueve de la entrada para honrar el nombre de umbral. Tal como lo hicieron con el eco sus habitantes, yo y todos ellos, tomamos el lino de la niebla para probar su atenuante contra la resolana. Sana el suelo cada noche del rodar lento de los coches calesa arrastrados por el paso cloqueante de la bestia aburrida de sí como del auriga. Diga lo que calle la calle acerca de los templos, la serenidad da la fe por los dioses antiguos o por el dios que reina crucificado.1

San Sebastián, sus heridas.

Me acerco al confín
de unos zapatos y veo
a los dedos sedientos
después de andar en
la pista de baile con
los listones rojos y
la sandía desangrada
en el cadalso de la feria.
Dedos y talones llenos de
tierra, polvo de mi
nacimiento… miento
si digo que hablo de mi
madre. Esté en su paz.

San Juan, arco de la ciudad.

1. Adoquines en torno del monumento erigido a las letras cantábiles, sólo oídas por los corredores portales. Sales de la sudorosa especie de valientes espaldas al servicio de los graneros que alimentan a los días y a sus noches. Derroches de oscuridad con la luna en la frente, mientras se establece el amor atado a las bancas llamadas confidentes, tú y yo, heridos por el caluroso sentimiento que pía en parvada. Cada vez que acecha el holán batiente desde la ventana, el fresco se deja oír meciéndose en la hamaca.

Acerca del autor

Raúl Renán
Raúl Renán nació en el Barrio de San Sebastián, Mérida, Yucatán, un 2 de marzo de 1928, y falleció en la Ciudad de México el 14 de junio de 2017. Hombre versátil comprometido con las letras mexicanas. Fue poeta, narrador, editor, maestro de poesía, narrativa, fundador de revistas literarias y publicista.

About Raúl Renán

Raúl Renán nació en el Barrio de San Sebastián, Mérida, Yucatán, un 2 de marzo de 1928, y falleció en la Ciudad de México el 14 de junio de 2017. Hombre versátil comprometido con las letras mexicanas. Fue poeta, narrador, editor, maestro de poesía, narrativa, fundador de revistas literarias y publicista.

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