Panamá Papers: las nuevas reglas de la desigualdad.

El pasado domingo 3 de abril, la televisión y los medios digitales de la mayor parte del mundo dieron a conocer lo que ya circula en una gran cantidad de agencias informativas con el nombre de Panama Papers. 

Producto de más de un año de investigación periodística —esta vez, con una colaboración de proporciones inusuales entre una gran cantidad de organizaciones provenientes de más de ochenta países— esos papeles constituyen una filtración de las muchas maneras que tiene una desquiciante cantidad de miembros de la élite política, empresarial, financiera, artística, deportiva y criminal del mundo de lavar dinero o de extraerlo, con fines criminales, de ocultamiento de riqueza mal habida o de evasión fiscal, de sus respectivos países.

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Nada nuevo hay en la existencia de los llamados paraísos fiscales. Existen, por lo menos, desde fines del siglo XIX en el mundo desarrollado y subdesarrollado y su permanencia responde fundamentalmente a la afanosa búsqueda de una buena parte de ese 10% de la población mundial que es dueña —legítimamente o no— del 90% de la riqueza mundial por encontrar mecanismos financieros y fiscales que protejan a sus fortunas de los impuestos, de la persecución política o, sencillamente, de la justicia de sus países de origen.

Con todo y lo espectacular de los hallazgos comunicados por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ), organización que coordinó los esfuerzos de clasificación y análisis de los millones de documentos filtrados, no es de esperar que, por lo menos en el corto plazo, la publicación de los Panama Papers suponga un cambio en la manera en que la comunidad internacional afronta los efectos perversos de los paraísos fiscales.

En primer lugar, porque el caso no es tan nuevo como se pudiera suponer. Las empresas offshore, de las que tanto se ha hablado a raíz de este sistemático y escandaloso caso de presunto lavado y desvío de dinero a escala internacional, operan desde hace décadas bajo el auspicio e, incluso, la complicidad de muchos países miembros de la comunidad internacional (si no, no se entendería la cantidad de jefes de estado o de gobierno inmiscuidos en una gran cantidad de operaciones vinculadas a tales empresas de papel).

En segundo lugar, el grado de sofisticación conseguida por quienes detentan y controlan riqueza con el propósito de ocultarla, de protegerla para multiplicar sus actividades criminales o de evadir sus obligaciones fiscales es tal que la divulgación de los Panama Papers podría ser apenas una madeja del complejo nudo en que se ha convertido la concentración creciente del ingreso, particularmente en las dos primeras décadas del siglo XXI.

Algunas voces como las de los economistas Joseph Stiglitz y Thomas Piketty han advertido en años recientes de las implicaciones presentes y futuras de dicha concentración. Sus planteamientos parecen coincidir en aquello de que si la vieja regla de las finanzas (“Quien tiene el oro hace las reglas”) se trocó ya en una más perversa e inquietante (“Quien establece las reglas obtiene el oro”) hace mucho que los gobiernos y los pueblos democráticos del mundo deberían haber comenzado la ardua labor de hacer contrapeso al poderío de quienes pretenden instaurar sus reglas, incluso a costa del progreso de millones y millones de habitantes en el planeta.

A estas alturas, lo más deseable dentro de la búsqueda de una sociedad contemporánea menos desigual es que la revelación de los Panama Papers —y sus consecuencias— no sea después de todo un paso insignificante en la construcción de ese urgente contrapeso.

Francisco Payró

Macultepec, Tabasco, 1975. Economista y escritor. Autor de los libros de poesía "Bajo el signo del relámpago" y "Todo está escrito en otra parte", así como del conjunto de ensayos "Tradición y búsqueda en el trópico: ensayos sobre poesía tabasqueña contemporánea".

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