Marco Antonio Acosta y la construcción de la historia de la poesía en Tabasco

Había que contar con el arrojo y la paciente ambición de alguien como Marco Antonio Acosta (Cárdenas, 1934) para ver materializada en Tabasco una obra como la Nueva antología de poetas tabasqueños contemporáneos, editada por la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco.

La obra, que por fortuna ha tenido el cuidado editorial que merece, es en sus tres tomos el compendio más exhaustivo y esmeradamente armado de poetas nacidos en el estado entre 1889 y 1983, es decir, a lo largo de casi un siglo. Acosta ha querido, al dividir su Nueva antología en tres volúmenes que atienden estrictamente a un orden cronológico —por año de nacimiento—, no ofrecer su propia versión de la contemporaneidad poética tabasqueña, sino dar cuenta de su totalidad.

El espectro poético desplegado en las páginas de la obra es tal que no es difícil concluir, tras una breve aproximación general, que a diferencia de muchos otros antólogos con criterios de inclusión y exclusión no siempre manifiestos, Acosta no tiene otro rigor que el de la mirada abarcadora, la que tiene un compromiso con el universo en expansión de las obras literarias. En ese sentido, la Nueva antología continúa y complementa a la anterior Antología moderna de poetas tabasqueños, publicada también por la Universidad en 1971, a la que Acosta se refiere en estos términos:

La publicación de La poesía tabasqueña —de Francisco J. Santamaría— de 1940 define la sensibilidad literaria de los tabasqueños. En ese sentido mi Antología moderna se convierte en su apéndice. El tiempo, ese tiempo que todo lo transforma le reserva un lugar de continuidad, no de ruptura, en el devenir de la literatura tabasqueña.

Marco Antonio Acosta, Nueva antología de poetas tabasqueños contemporáneos (Tomos I,II y III), México, Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, 2006

La tarea antologadora de Acosta se asume, pues, a sí misma como una búsqueda permanente, como una exploración del fenómeno poético tabasqueño que parte, es cierto, del referente fundacional que constituyó la obra de Santamaría, pero que ya nada tiene que ver con el intento de éste de dar a conocer a los poetas locales frente a la indiferencia del altiplano.

Así, su labor literaria, a la par de comprender la animación de empresas editoriales como la fundación de revistas literarias que sobreviven en medio de un medio hostil como el tabasqueño —Sísifo y Laurel consiguieron circular entre 1969 y 1971; Albatros viajero aún se sostiene después de varios años— es a un tiempo personal y concreta: conservar del panorama poético tabasqueño un registro de sus múltiples expresiones y nutrir nuestra historia literaria en tanto fuente insustituible de futuras aproximaciones críticas.

Lo que Acosta ha hecho con su Nueva antología y con la anterior de 1971 es justo lo que cualquier sociedad requiere para apreciar a cabalidad el fenómeno literario que la recrea y la trasciende: contribuir con la construcción de esa historia literaria por la cual es posible comprender, y aun desmitificar, el tortuoso progreso de la cultura. Junto con Santamaría, que con su monumental formación poligráfica sentó las bases de una crítica seleccionadora para nuestra producción poética, y Andrés González Pagés, que en Tabasco: el meridiano de la poesía (1994) ha intentado hacer un repaso igualmente crítico de buena parte de nuestra literatura, Acosta puede ser considerado el otro gran integrante de una tríada que ha visto en la sistematización y organización del material poético la vía idónea para favorecer el conocimiento y la comprensión de nuestra poesía entre un mayor número de lectores.

Por otro parte, si Marco Antonio Acosta ha dejado constancia de ejercer la crítica impresionista —ese necesario ejercicio seleccionador que lleva a distinguir los caracteres externos de las obras y su inserción dentro de determinada generación o tendencia— en un conjunto de artículos reunidos bajo el título de Ocupaciones y preocupaciones (2001), hay algo que no deja de extrañarse cuando uno se adentra en las primeras páginas de la Nueva antología.

Hay en su introducción una exposición clara, directa de la poética tabasqueña a partir de las grandes figuras encarnadas en Pellicer, Gorostiza, Becerra y de poetas como Rogelio Ruiz y Rojas, Ramón Galguera y Tomás Díaz Bartlett, pero en ella parecieran olvidarse los motivos que explican la aparición de una antología que sucede ya a la de 1971. Acosta se explaya en las razones que motivaron la inclusión en su Antología Moderna de poetas importantes como Alicia Delaval, Dionicio Morales y Agenor González Valencia —todos ellos poetas de la llamada “generación intermedia”—, pero omite hablar de su visión del cambio operado con la obra de generaciones recientes.

La Nueva antología se queda así sin el panorama en escorzo que hubiera permitido apreciar —con la guía de quien ha sido capaz de semejante despliegue organizativo— la evolución de una poesía que se asume diferente por sus nuevas preocupaciones y recursos. Piénsese que, respecto a la de 1971, la Nueva antología incluye un buen número de poetas nacidos en el período que comprendió aquélla, pero que no fueron incluidos debido a la publicación de su obra en años posteriores.

Súmese a lo anterior la obra de poetas vivos que por sí solos demandan un acercamiento reposado —Ciprián Cabrera Jasso,  Francisco Magaña, Ramón Bolívar, Teodosio García Ruiz, entre otros— así como la de una gran cantidad de poetas en ciernes, y se tendrá una idea del complejo panorama que el antólogo pudo haber aclarado a sus lectores a partir de un estudio preliminar que no deja de echarse de menos. Porque a fin de cuentas, ¿en qué consiste la contemporaneidad poética que la Nueva antología incorpora? ¿Qué lleva a Marco Antonio Acosta a no incluir en esta antología a poetas nacidos en años próximos al año de nacimiento de Pellicer, Ruiz y Rojas y Gorostiza?

He dicho antes que en Acosta no pareciera haber otro criterio de inclusión que no sea el estrictamente cronológico y que su amplitud de miras lo lleva a dominar un ámbito temporal que se extiende a lo largo de un siglo. Pero si la ausencia de un criterio adicional es un resorte para estimular el registro de una considerable cantidad de voces, no queda completamente claro si la contemporaneidad se constriñe a dar cuenta de lo ocurrido con nuestra poesía en el transcurso del siglo XX y comienzos del XXI, o si, por el contrario, está en función de determinadas filiaciones estéticas. Santamaría, por ejemplo, se propuso en La poesía tabasqueña, de 1940, reflejar las tendencias románticas, clasicistas y modernistas de casi todas las obras escritas hasta entonces; el mismo Acosta dio por sentado que en su Antología moderna prescindiría de los poetas modernistas para centrarse en el “posmodernismo” que inauguró el americanismo pelliceriano.

Más allá de esta omisión que, sin duda corresponde al estrato de la crítica impresionista, la Nueva antología se sostiene. Se sostiene por la ambición que la anima y por la inédita recopilación que hace de un material poético que tuvo que ser entresacado de revistas y suplementos culturales, de títulos aislados y de un intenso acercamiento a los talleres literarios del estado, semilleros de voces y propuestas juveniles.

A Marco Antonio Acosta le interesaba palpar el pulso de la poesía que se escribe en Tabasco, aun cuando ello supusiera la espera de una culminación que hoy celebramos bajo la forma de tres volúmenes. Se incluye en la Nueva antología un total de ciento cinco autores; la mayor parte de ellos fueron nacidos a partir de 1950 y cerca de una tercera parte corresponde a poetas —casi todos ellos menores a los cuarenta años— que comenzaron a publicar a finales de la década de los noventa. Suficiente material para pensar en generaciones completas de poetas tabasqueños que se han identificado con tal o cual tendencia de la poesía contemporánea mundial o hispanoamericana; suficiente para pensar que hace falta un estudio sistemático de nuestras promociones poéticas que bien pudiera partir, en principio, de las afinidades creativas.

Si hay algo que pueda encontrarse de forma indiscutible en la notable obra antologadora de Acosta es el cambio de actitud ante el poema. La aparición de giros coloquiales en el lenguaje poético, la mezcla irreverente de lo antiguo y lo cotidiano, junto con la desolemnización de la creación poética, son moneda de curso en una poesía que asimila novedades y se distancia a pasos agigantados de modelos caducos o avejentados por el cambio operado en los tratamientos poéticos.

Acosta concluye su Nueva antología con cuatro apéndices que anexa a manera de epítome y que tienen que ver con el contexto cultural que envuelve al quehacer poético en Tabasco. Se refiere, por una parte, a la dinámica manifestación literaria que han supuesto las revistas y suplementos culturales en la entidad, desde aquella célebre Bohemia tabasqueña —fundada en 1898— hasta revistas y publicaciones recientes, con mayor o menor permanencia en su circulación. Incluye, por otro lado, una entrevista en torno a la cultura contemporánea en el estado hecha a Manuel R. Mora, poeta quien fuera también gobernador del estado, para terminar con un repaso de algunas ediciones sobresalientes de poesía tabasqueña publicadas entre 1921 y 1989.

En esos apéndices está el Marco Antonio Acosta de siempre, se encuentran sus preocupaciones y sus ocupaciones, comúnmente ligadas a la historia en construcción de nuestra literatura. Apasionado de las aventuras editoriales, del lento aprendizaje que implica la cultura, Acosta quizá intente con esos cuatro apéndices formular de modo indirecto la visión que no esgrime en la introducción a su antología.

En Tabasco venimos —parecieran sugerirnos los apéndices— de una larga tradición editorial que se remonta, entre avances y retrocesos, a los umbrales del siglo XIX. Heredamos una literatura que se fraguó con José Eduardo de Cárdenas, en pleno período colonial, bajo el signo de una identidad que nos convocaba, y hemos tenido momentos históricos en que lo mejor de nuestras letras ha visto la luz gracias a la memoria y la visión que sólo proporcionan la pasión y el compromiso.

Toca a los nuevos poetas edificar sobre los cimientos que semejante construcción reclama. Toca valorar en toda su dimensión el trabajo de Marco Antonia Acosta siendo fieles a la grandeza de esa historia que se ha esmerado en erigir para gozo de quienes amamos la poesía.

Francisco Payró

Macultepec, Tabasco, 1975. Economista y escritor. Autor de los libros de poesía "Bajo el signo del relámpago" y "Todo está escrito en otra parte", así como del conjunto de ensayos "Tradición y búsqueda en el trópico: ensayos sobre poesía tabasqueña contemporánea".

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