Historiar a contracorriente: entrevista a don Jorge Priego Martínez (primera parte)

Estudioso y divulgador infatigable de la historia, la cultura popular y la literatura tabasqueñas, don Jorge Priego Martínez es una figura ineludible si de intentar aproximarse a ese Tabasco profundo —que en algún momento de nuestro pasado reciente comenzó a desdibujarse— se trata. Hijo predilecto y ciudadano distinguido de su natal Frontera, Centla, me recibió en su oficina del Archivo Histórico del Poder Ejecutivo del Estado, del que fue Director hasta el año pasado, y allí al calor de una conversación enriquecida con su plática jovial e inagotable tuvo a bien concederme la entrevista que ahora en dos partes reproduzco.

Su obra literaria y su trabajo como historiador giran definitivamente en torno a Tabasco. ¿De dónde nace en usted esta indeclinable pasión por el pasado y el presente del estado?

Desde muy niño me intrigó la historia de Tabasco, principalmente la de Frontera, mi ciudad natal. Cuando yo tenía entre diecisiete y dieciocho años, encontré en la revista Sucesos una sección que se llamaba “Mi ciudad”, o “Mi pueblo” —algo así— y ahí me publicaron un texto sobre Frontera que, claro, resultó ser una mescolanza como la que hace todo el mundo. Ahí hablé por ejemplo de la llegada de Cortés y de otras cosas que nada tienen que ver con Frontera, como terminé de darme cuenta luego. Pero lo envié y me lo publicaron incluso con algunas fotografías de la ciudad. Varios años después perdí la revista y una vez caminando por Tepito la encontré y la compré. La vine a perder en 2007, con la inundación. Eso fue lo primero que, malísimo por cierto, yo me atreví a escribir y publicar sobre historia de Tabasco.

Pero el recorrido hacia ese gusto por abordar el pasado y el presente de Tabasco no ha estado exento seguramente de otras pasiones. ¿Podría usted hablarme un poco de ellas?

Yo me había dedicado a otras cosas. Primero quería ser cantante. De joven anduve metido en las radiodifusoras, aunque realmente empecé en el programa “Patria y juventud” del Instituto Juárez cuando yo era estudiante de secundaria. Ese programa era organizado por el capitán Salvador López Matamoros y ahí cantábamos estudiantes como Magda Jacinto Beauregard, Miguel Álvarez Aguilera, Román Colorado y yo. Luego tuve la oportunidad de que el licenciado Nazar y el licenciado Sibilla, a quienes quizás les caí bien, me contrataran para cantar en dos programas de radio. Me pagaban cincuenta pesos por programa, que por entonces era muy buen dinero. Pero no me quedé con las ganas de hacer radionovelas. Hubo un señor español que se llamaba Javier Auñón Martínez que vendió a varias casas comerciales unas radionovelas que pasaban a mediodía o en la tarde, no recuerdo bien. La primera se llamó “Mis hijos me odian”, en la que trabajaron mi querida amiga —que en paz descanse— Josefina Romano Hernández, cuyo nombre artístico era “Laura Beatriz”, Miguel Ángel Palomera (ahora conocido como Miguel Palmer). Luego hubo otra novela que se llamó “La bestia”, donde trabajaron Lulú Priego Pedrero y el locutor Guillermo A. Ledesma, entre otros. Yo tuve la oportunidad de hacer un papel secundario. Todo era en vivo. Había que estar pendiente del momento en que te tocaba actuar y cuando lo hacías debía uno hacer muy buenas inflexiones de la voz. Lo lamentable es que, debido a que todas esas grabaciones se hacían en cintas magnéticas que luego se echaron a perder, no se conserva ninguna de ellas.

Tengo entendido que usted también ha incursionado en otros ámbitos como la televisión y la radio…

Bueno, de hecho también participé en una obra de teatro —horrenda por cierto— y cuando llegó la televisión, trabajé como presentador de Hilda del Rosario de Gómez en el famoso canal 13, que fue el primero que hubo aquí. El programa se llamaba “Teleclub 13” y presentaba artistas locales, así como recetas de cocina. Por ese tiempo saqué mi licencia de “locutor A”, que nunca exploté. También me dio un tiempo por componer canciones, casi todas todavía inéditas. Sólo me han grabado una que se llama “Cuando llegaste” y otra que se llama “Humo”. Yo mismo he grabado algunas.

Jorge Priego Martínez, El zapateo tabasqueño, Villahermosa, Tabasco, Instituto de Cultura de Tabasco, 1989.

 

¿Y su llegada a la poesía y a la creación literaria en general cómo fue? Porque su tarea literaria ha corrido de algún modo a la par de su labor como estudioso y divulgador de la historia de Tabasco.

Desde niño me ha gustado escribir versos satíricos. Recuerdo que en quinto año de primaria estudiaban conmigo Dionicio Morales y su hermano Carlos, en la Sánchez Mármol. Nuestra maestra era la señorita Agustina Rodríguez Corzo. Dionicio suspiraba por una muchachita de nombre Altea y cuando llegó noviembre le escribí una calavera bien rimada y bien medida que decía así: “Ya Dionicio se murió,/ se tiró de una azotea,/ fue porque lo despreció/ su idolatrada Altea.” Yo leía poemas, pero no me atrevía a declamarlos. En una ocasión, en un homenaje a la bandera en Frontera me encargaron recitar un poema, pero esa vez hasta me enfermé y no fui. Aquí en Villahermosa me obligó, estando en cuarto año, la señorita Camelo (que era la directora), quien quizá intuyó que yo podía recitar. Para mi desgracia escogió un soneto, creo que de Gabriela Mistral, llamado “El niño solo”. Como me di cuenta que Dios no me llamaba por ese camino, me dio por escribir cuentos. Escribí cuatro cuentos, dos de los cuales me premiaron en los concursos de la Feria y dos pasaron sin pena ni gloria. El que a mí me parece el mejor me lo floreó mucho Bruno Estañol al grado de decir que le recordaba a uno de Borges y a otro de Allan Poe. Yo me sentía en los cuernos de la luna, pero también dejé de escribir cuentos y luego me fui a trabajar a Puebla donde esporádicamente comencé a escribir versos y a colaborar en el periódico Cambio y en el semanario Análisis. En realidad mi primera publicación literaria fue un poema que escribí, mientras estudiaba en el Instituto Juárez, a un árbol del pan que se estaba muriendo allí y que me publicó mi amigo Omar Hernández Sánchez en su periódico El eco estudiantil. Eso fue en 1956, cuando yo tenía quince años.

Cuando usted regresa de Puebla inicia propiamente, podríamos decir, su actividad cultural y literaria en el estado. ¿En qué contexto se produce su retorno y cómo decide usted optar finalmente por los trabajos históricos y acerca de la cultura popular tabasqueña que caracterizan su obra?

Yo volví a Tabasco comisionado con doña Celia González de Rovirosa, quien sin conocerme me hizo el honor de solicitar mi presencia. Ella me mandó al Fonapas [Fondo Nacional para Actividades Sociales] para hacerme cargo de las casas de cultura. Y allí me pidió que tratara de conseguir que todos los maestros de las casas de cultura municipales se pusieran de acuerdo acerca del folklore en el estado. Se me ocurrió organizar un seminario para el que me apoyó Rosa del Carmen Dehesa. Ella me dio un trabajo con sus observaciones y sus experiencias sobre el verdadero traje regional, porque lo que diseñó Valdiosera es un bodrio. En el seminario me di cuenta de que no había absolutamente nada de literatura sobre el zapateo tabasqueño, así que me puse a investigar por todas partes: en libros de poemas, en cuentos, en novelas, en biografías, en periódicos, en revistas, en los diccionarios de Santamaría y en los libros de don Marcos E. Becerra. Y así fui armando el rompecabezas hasta terminar lo que terminó siendo mi primera investigación. Luego, leyendo La música en Cuba —porque hasta allá me fui buscando datos— encontré que Carpentier no había encontrado literatura sobre el tema. Es decir, que le pasó lo mismo que a mí, toda proporción guardada. Pero Carpentier habla en su obra del “zapateo del monte”, parecido a lo que ocurrió aquí con nuestro zapateo. Y como él, yo también tuve que investigar “por la borda”, es decir, “por fuera” para llegar a terminar un libro que desafortunadamente no se ha vuelto a editar.

Usted ha abordado también algunos otros temas como el del escudo de Tabasco, incluso publicó un libro al respecto.

He tratado de escribir sobre temas tabasqueños que nadie hubiera ya manoseado. Uno ellos es el que tiene que ver con nuestro escudo. Lo escribí siendo diputado Manuel Andrade, a quien le pedí que se legislara sobre su uso, pero a él no se lo permitieron en el Congreso. Tardé en publicarlo porque no encontraba cómo hacer las imágenes, hasta que un amigo periodista me ofreció hacerlas en su periódico. Y en una hora me hicieron todas las imágenes que no había yo podido hacer en diez años. También publiqué un libro sobre la décima en Tabasco. Lo escribí a raíz de un proyecto que se me planteó sobre escribir acerca de las décimas en toda la región de Sotavento. Yo tenía sólo un artículo que había publicado en el suplemento de Novedades, cuando yo lo dirigía. Terminé haciendo un trabajo que es más bien una recopilación de décimas de todo tipo, jocosas, incluso políticas. En ese libro recojo la única décima que se le conoce a Pellicer, que es el final del poema que le escribió a Juventino Rosas. Vicente Magdaleno, hermano de Mauricio, me comentó que esa décima de Pellicer era para él una décima original y novedosa.

Jorge Priego Martínez, Tabasco: la mejor tierra que el sol alumbra (prólogo de Gabriela Gutiérrez Lomasto), Serie Tabasco en la historia, volumen 4, Villahermosa, Gobierno del Estado de Tabasco, 2001.

Su interés en la historia de Tabasco encuentra una vertiente particular en la historia de su municipio. ¿Se ha propuesto usted escribir una historia exhaustiva sobre su lugar de origen?

Desde hace más de veinte años me he dedicado a recopilar información sobre la historia del Puerto de Frontera. Pero no esa historia que trata de Juan de Grijalva, Hernán Cortés, La Malinche, Santa María de la Victoria, y que nada tiene que ver con Frontera. Si algún día llegara yo a escribir la historia del municipio de Centla cabría todo eso, pero no en la historia que me he propuesto escribir. Mi historia de Frontera comienza en el momento en que su fundador llega al sitio en el que terminó fundándose, adonde manda el gobernador a un grupo de indígenas a que vieran si les gustaban esas tierras “realengas”. Según un historiador al que no le confío mucho, el sacerdote fundador de lo que hoy es Frontera estaba castigado allí por sus ideas proindependentistas, pero no ofrece mayores pruebas.

La cultura popular tabasqueña es, indudablemente, otra de las grandes líneas de su trabajo como investigador y divulgador de nuestras manifestaciones culturales.

Sí, otro de los temas que me ha apasionado —porque tampoco nadie lo ha tratado a fondo— es el de nuestra cultura popular. Desafortunadamente creemos que el tema no vale la pena. Pero la cultura popular no es nada más nuestra música, nuestra poesía popular, nuestra manera de hablar y nuestros modismos, sino muchas cosas más. Lo que se llama “patrimonio intangible”. Forman parte de éste también nuestras groserías y modismos, los versos anónimos populares, nuestros refranes —de los que yo tengo cientos—, nuestras adivinanzas, los cuentos de todos colores, nuestras danzas indígenas. Todo eso lo he ido recopilando. De nuestra cultura popular vienen dizque a investigar, pero hacen todo un merengue. Por ejemplo, yo no sé de dónde han sacado cosas como esa del “dios Pochó”. A mí que me digan de qué etnia era dios o cómo lo representaban. Porque según el diccionario maya, “Pochó” es “mitote de indios prohibido”, es decir era una fiesta de indios prohibida por la Iglesia. Por ende, la famosa “pochovera” es en realidad una “mitotera” que baila en la danza. “Cojó” significa “enmascarado” y es el único personaje en el “Pochó” con máscara. Yo quisiera saber, por eso, de dónde sale eso del “dios Pochó”, las “doncellas de las flores” y los hombres de madera del Popol Vuh. Yo creo que no han leído el Popol Vuh los que tal afirman. Desgraciadamente, nadar contra la corriente es muy difícil porque lo más sencillo es irse por lo facilón y seguir repitiendo, por ejemplo, aquella locura de los cuarenta mil hombres que se enfrentaron a Cortés en estas tierras. ¿De dónde iban a salir, si para 1950, según el censo de ese año, Villahermosa tenía 38 mil 500 habitantes? Para tranquilidad de mi conciencia, yo seguiré por mi cuenta tratando de desmentir tanto equívoco generalizado.

Hablar de su gusto por la cultura popular tabasqueña nos obliga a hablar de Tabasco, la mejor tierra que el sol alumbra, uno de cuyos volúmenes usted escribió hace varios años.

El libro nació de una forma sui géneris, podríamos decir. Le habían vendido la idea al gobernador de hacer un libro sobre Tabasco y por eso me fue a ver mi querido amigo Julio César Javier. “De lo que tú tengas”, me dijo él que podría yo hacer el libro, así que le contesté que entonces podría ser de cultura popular. Aceptó y me mandó a una persona que me ayudó a pasar todo a la computadora y a revisar todos mis trabajos de los suplementos. En ese libro se habla de las fiestas del carnaval, de las exposiciones, de las tradiciones de muertos, de los famosos altares guadalupanos, de las danzas indígenas, de la comida, de la música y la poesía y de todo lo relacionado con nuestra cultura popular. Partí, para escribir sobre la música, de lo que afirmaba Max Henríquez Ureña cuando aseguraba que la música popular es la que nace verdaderamente en el pueblo y que se encuentra en las pequeñas comunidades, porque en las ciudades lo que prolifera es la música vulgar. Hay muchas canciones, poemas y canciones anónimas que son bellísimos. La famosa reina de las bombas es anónima. Aquella que dice: “Señora si usted me diera/ lo que le voy a pedir,/ yo no digo que usted quiera,/ pero vamos, un decir./ Quien quita que usted quisiera…”. No dice nada y lo dice todo, tiene una picardía que no llega a la vulgaridad. Y así hay muchas. Por ejemplo, en las que recopiló don Quico Quevedo en su Lírica popular hay cosas muy hermosas como esa que dice: “Yo no soy lo que antes era, ni lo que solía ser,/ soy un cuadro de tristeza/ arrumbado a la pared.” O esa otra: “Si el corazón me pidieras,/ el corazón te daría./ La alma si no te la doy,/ porque esa prenda no es mía…” La profundidad de esa gente “inculta” me recuerda lo que escribió nuestro paisano Andrés Iduarte en alguno de sus libros, a propósito de unos intelectuales que se encontraron a unos palurdos que no sabían leer ni escribir, pero que sabían mucho de agricultura y de muchas otras cosas más, y que los llevaron a decir: “¡Qué cultos son esos analfabetas!”.

En el mismo espíritu de apreciar y rescatar la cultura popular tabasqueña se entiende claramente su libro El zapateo tabasqueño

Yo en mi libro sobre el zapateo hice una recopilación de casi seiscientas bombas, la gran mayoría anónimas, aunque también de algunos autores como don José María Bastar Sasso, Tilo Ledesma y el chato Pedrero. Cierro el libro con bombas de mi autoría dedicadas a los grandes bailadores del zapateo tabasqueño en los últimos años, entre ellos Leandro Sánchez, Luis Pujol y Rosa del Carmen Dehesa. En una de esas bombas el hombre dice así: “Tú piensas que al zapatear/ ya me traes de cabeza,/ ni que supieras bailar como Rosita Dehesa”. Y la mujer le contesta: “Presumiendo no te ensanches,/ ni me eches tanto frijol,/ que tú no eres Leandro Sánchez/ ni tampoco Luis Pujol”. En fin, el desconocimiento de nuestra cultura popular ha llevado a excesos como ese de crear un traje de gala, inventado por alguien que no era tabasqueño. Porque el verdadero traje de gala en realidad tendría que ser el mismo que usan las mujeres todos los días, pero que usarán de manera especial para las fiestas. El lujo del traje regional tabasqueño no era la falda, sino el fustán al que las mujeres rebordaban, rejillaban y ponían encajes hasta hacerlo una obra de arte que mostraban y presumían a la hora de bailar. Tuvo que venir don Justo Sierra O’Reilly para darse cuenta del uso de esa prenda en Tabasco y escribirlo. Lo que ahora se conoce como traje de gala es más una especie de uniforme que vuelve casi idénticas a las mujeres, a diferencia del vestido regional anterior de faldas floreadas con fondos de diferentes colores, con flores de todo tipo y tamaño, en ramos o solas, rosas, tulipanes, jazmines, claveles y una gran variedad. Encima, al fustán le bordaban lo que ellas querían: ramos de flores con chaquiras, lentejuelas, en fin. Pero fue más fácil inventar un “traje de gala” ideado por gente de dinero, no por gente del pueblo. Curiosamente, según don Justo Sierra O’Reilly, la gente adinerada de antes en Tabasco vestía a la última moda europea cuando vestían de gala y no bailaban zapateo. Eso lo escribió don Justo Sierra en una carta que le envió a un amigo de Yucatán y que años después se publicó en un periódico de la entonces San Juan Bautista. Parece que esa carta es de 1831, o una cosa así, la reproduce Mestre en uno de los tomos de Documentos y datos para la historia de Tabasco.

Acerca del autor

Francisco Payró
Macultepec, Tabasco (1975). Economista y escritor. Autor de "Bajo el signo del relámpago" y "Todo está escrito en otra parte". Ha publicado poesía, ensayo y cuento en diferentes medios y suplementos culturales de circulación estatal y nacional.

About Francisco Payró

Macultepec, Tabasco (1975). Economista y escritor. Autor de "Bajo el signo del relámpago" y "Todo está escrito en otra parte". Ha publicado poesía, ensayo y cuento en diferentes medios y suplementos culturales de circulación estatal y nacional.

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