El nombre del juego: Algo ha sucedido en el desierto de una ciudad extraña, de Isidoro Villator

Entre la poesía de los poetas nacidos a finales de la década de los años cincuenta y principios de los sesenta del siglo pasado en Tabasco, la de Isidoro Villator (Villahermosa, 1959) busca desde hace tiempo —a punta de escritura, también de disciplinadas entregas de manuscritos— un sitio decoroso en medio de la obra acumulada de sus congéneres.

Próximo en edad a autores más visibles como Teodosio García Ruiz, Francisco Magaña y Níger Madrigal, Villator construye, se diría que lenta (pero también persistentemente), una poesía cuyas preocupaciones lo aproximan a las de algunos de sus coetáneos, tanto como a las preocupaciones seculares de la poesía hispanoamericana dentro de la cual se inscribe. Como Vallejo, Huidobro, Neruda o Paz (oficiantes mayores en la poesía hispanoamericana del siglo XX), Villator problematiza en sus poemas al lenguaje: lo que éste comunica entraña un desafío de forma y de sentido, de manera que el discurso del poema coexiste con una actitud que privilegia, al mismo tiempo, la manifestación formal que lo contiene.

Isidoro Villator, Algo ha sucedido en el desierto de una ciudad extraña, México, Instituto Estatal de Cultura de Tabasco, 2017.

Tal es la actitud observable, por otro lado, en mucha de la poesía tabasqueña que data del último tercio del siglo XX, y ahí están algunos de los libros de sus contemporáneos para atestiguarlo: Nostalgia de Sotavento (García Ruiz), Las memorias de agosto (Magaña) o Amontonamientos (Madrigal) son sólo tres de los libros de la reciente producción poética en Tabasco en los que forma y fondo intentan dialogar en una apuesta verbal en la que el significado lo es, por sobre todo, porque no prescinde de la forma misma.

En Algo ha sucedido en el desierto de una ciudad extraña, la forma que Villator escoge para sus poemas connota a una ciudad que es personaje y, a la vez, sustrato. La mujer —en correspondencia con esa ciudad-desierto-soledad, el eje que sostiene al personaje de esa “ciudad extraña”— es una figura ausente, renegada, prohibida. En consecuencia, la relación amorosa con esa ciudad-mujer no puede sino ser frustrada, trunca y condenada fatalmente a su consumación imposible.

“Eres todas las mujeres y ninguna”, escribió Octavio Paz y Villator hace uso de ese verso de Piedra de sol para aludir en sus propios versos a la mujer que en Elena o en Diotima (referencias griegas que en sí mismas remiten al amor fatal o platónico) representa lo quimérico, el amor inmaterial que late en una enunciación lírica llena de nostalgia, desolación y melancolía.

De versos largos, como antes Pequeñas cuerdas en el estanque de los trampantojos (2010), en este último libro de Villator la realidad es nombrada y construida sobre la base de la enumeración. Las imágenes se suceden unas a otras, de modo que puede pensarse en esa acumulación como en un procedimiento dentro del cual los sentidos unívocos no tienen cabida.

En muchos de los poemas del libro (escritos a partir del encabalgamiento de unos versos que no concluyen sintácticamente con su unidad rítmica y que, por lo tanto, da lugar al predominio de la prosa) hay imágenes abstractas difíciles de asimilar en una sola lectura (“las miradas de los alejamientos…”); un yo poético que se alude a sí mismo (“De aquellas que gustan teñirse en el estanque de los trampantojos/ en el espejo donde una vez dijo el escéptico poeta,/ hace ya muchos otros ayeres, que todo es vana ilusión…“) y la irrupción aislada de unas cuantas expresiones coloquiales (“Hablar de ti, ¡ah, qué lindura!…”, “lindo culo..”).

No abundan, por otro lado, los versos osados en esta sucesión de versos, taladrantes; cuando uno de ellos aparece, es casi imposible que pase desapercibido: “Nunca más, mientras la mirada inquisidora de la luna/ tenga incrustado el falo en el cuello de su belleza”. La adjetivación insólita funciona, por su parte, como base de muchos de esos versos (“distanciamientos rarosos”, “luz rosácea”, “largo letargo”, “huequés amorosa”, “vana ilusión de un ingenuo desamoroso”, “noches bohémicas”), así como la reiteración de ciertas palabras (nenúfar, trampantojos, caracol) y el uso de aquellas que sugieren decadencia, ausencia y melancolía (escombros, arena, hierro) refuerzan en el libro ese conjunto de imágenes disímbolas y extrañas que lo pueblan casi hasta la última página.

Villator refrenda en Algo ha sucedido en el desierto de una ciudad extraña esa libertad del verso libre que a ratos se aproxima  a la libertad que en su momento concibieron las vanguardias de principios del siglo XX (creacionismo, surrealismo) y que para el poeta presuntuoso podría pasar como una divisa para el absurdo. En esa licencia desaforada que por momentos campea en la construcción de los poemas del volumen, el recurso del flujo de la conciencia parece irrumpir en la factura de unos cuantos versos: Mi sombra tiene sombrero./ Bufanda y calcetines tersos/ innecesarios/ para estos tiempos ardorosos./ Ojos en la espalda./ Labios declarando sus amores a las penumbras./ Bastón./ Limaduras para escribir/ algún indicio raro de eso que los arcaicos llaman la luz de los caminantes…

Si no fuera porque en general hay un lugar común en el procedimiento enumerativo y en el tono que sostiene a buena parte de estos poemas, si la existencia de algunos finales inefectivos o atropellados no contribuyera al tedio de leer unos versos que no fluyen del todo debido a ese encabalgamiento persistente (responsable, asimismo, de la poco atractiva disposición tipográfica de los poemas), este libro de Isidoro Villator descollara entre los libros de poesía tabasqueña reciente como uno de los más desafiantes de los últimos años.

La voz de quien se atreve a escribir de una ciudad extraña como de una mujer que nos da abrigo y nos expulsa al poco de su regazo —relación tortuosa por inconsumable— merece ser atendida ahora que en nuestro entorno parecen dominar  la autocomplacencia y el facilismo. Retarse a sí misma, desafiarse, es el nombre del juego que la poesía de Villator debe jugar para nombrar de modo inmejorable lo que por lo pronto ha quedado como la reiteración de una escritura que, de un modo o de otro, hemos leído aquí o allá: en la explorada tierra de lo que ya se ha escrito antes.

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Francisco Payró

Macultepec, Tabasco, 1975. Economista y escritor. Autor de los libros de poesía "Bajo el signo del relámpago" y "Todo está escrito en otra parte", así como del conjunto de ensayos "Tradición y búsqueda en el trópico: ensayos sobre poesía tabasqueña contemporánea".

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