Ciudadelas de arena, un poema de Gabriel Avilés

 

Ilustración de Francisco Alzaga Nava

1
Te niego más de tres veces,
Ni siquiera el sargazo te hunde con su dolor
Dicen todo pasado es mejor
Y hago mía esa frase

Te niego pero no a tu espalda con olor a mar
Y aquella luna que sumergió su memoria
entre jazz y vino tinto
Evocando a Girondo
mientras los versos transpiraban océanos
y Cancún moría en ciudadelas de arena.


2
Escribo liturgias entre las hebras del agua,
ella refleja mi autorretrato
que se resigna a inmolarse en púas
y repetir como sicario en crucifixión:
Te niego
Me niego
Nos negamos
Después disparar a quemarropa,
el insulso sudor de tu entrepierna
Permanece en mis labios como un Cristo sin pubertad
Mientras rechina los dientes


3
Para mi amigo el poeta Roberto Cardozo.

Me nombran la desterrada
Madre de un Caín en adopción
Y hembra de un Adán en brama, enfermo, cansado
De los consejos de un Dios
Mitómano, implacable, cediendo siempre
A la pubertad de su Alter Ego
Me llaman Lilith
Matrona de Babel circundada por agua
Mientras un súcubo se arraiga
A mi himen
Me dicen la que nunca fue
La ilusa que vive al ras de la llovizna y su delirio.


4
Para olvidarte
Necesitaría quebrar el jazz en sus destiempos
Diluir la mar en charcos ajenos al salitre y al amor propio
Dejar a Sabina, Aute y Silvio
En una botella de ron con cianuro y ácido
Fragmentar mis versos por abyectos litorales y así menospreciar la cadencia de un susurro
que se aferra a tu oxidado espectro
Ser el decapitado de tus insomnios
Para olvidarte necesitaría aflorar en un hombre feliz
Y no en la urgencia de este moribundo que te respira esperando,
Esperando siempre, la nada del tú en ti


5
Ilusoria gravedad
Pernocta en salitrosas llagas
De este insalubre amor,
De este amor que se resguarda en sargazo
Para no mirar el reflejo de tu cabrío sexo
Confinado a aperladas exequias


6
Un poema sencillo sin mayor pretensión que ser un poema.

Cómo explico a los incrédulos
Que de mis vestigios nace el mar,
Que las caracolas toman mi voz para cantar a las gaviotas
Y que mis manos hacen olas, arrecifes y cielos
Cómo confieso a los escépticos
Que mis ojos matizan todo  azul
Y arrancan los caireles del atardecer
Con el salitre de mis versos
Cómo me sincero ante ti
Que no entiendes mareas incendiarias
De la simplicidad de soles vertidos en lagunas
Al sentir la desnudez de una caricia
Cómo explico la sutileza de las cosas,
Si al final de esas cosas, te hayas tú, absoluta
Karaba Tegui
Que sin explicar nada, me das la etérea fragilidad
De un amor entre litorales


7
Al final del todo
Seré polvo impregnado
En los rincones de una barca,
En los libros que nunca fenecen
Al final mi cruz usará el océano
De los adioses cuyos clavos
Palparan tus lágrimas
Mientras te beso como una sinalefa al aire.

Gabriel Avilés

Mérida, Yucatán, 1974. Escritor, promotor cultural, poeta, productor de televisión y radio, locutor, conferencista y editor. Autor, entre otros libros, de "Presagios", "Cartas para la hoguera" y "A la deriva del infinito".

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