El humor, la verdad y las ganas de jugar en Inchi Farofe, de Francisco Hinojosa

 

Francisco Hinojosa en la FILELI, Tabasco, 2019.

El pasado 17 de noviembre participé, en el marco de la Feria Internacional de la Lectura y el Libro (FILELI), en la presentación de Inchi Farofe, el último libro de Francisco Hinojosa. El breve volumen del autor de La peor señora del mundo es una muestra de esa literatura infantil y juvenil que el autor nacido en la Ciudad de México se ha esmerado en escribir para gozo de chicos (pero también, indudablemente, de grandes). Escribí este texto con ese propósito.

Supe de la obra de Francisco Hinojosa (Ciudad de México, 1954) de oídas. Me enteré de que el hombre era dado a escribir literatura infantil y juvenil y eso —debo admitirlo— me hizo pensar que su trabajo no tenía mucho que ver conmigo; que lo mío era la lectura seria, reflexiva, propositiva, incluso inteligentemente divertida, y que eso era razón de más para no prestar la suficiente atención al “rollo” juvenil de la mayor parte de sus libros.

Después, siendo miembro de la Sociedad de Escritores Letras y Voces de Tabasco, me encontré con la figura de Francisco Hinojosa en una fotografía que colgaba en una de las paredes del pequeño espacio que ocupaba la Sociedad en el centro de Villahermosa. La fotografía es una de las pocas imágenes que se conservan del  Primer Encuentro de Escritores llevado a cabo en Tabasco, si no me equivoco, a principios de los años ochenta y en ella —junto a escritores todavía vivos— aparecen personajes que hoy forman parte de una constelación casi legendaria entre nosotros: Josefina Vicens, Ciprián Cabrera Jasso, Mario De Lille, Teodosio García Ruiz y Agenor González Valencia, entre otros, se encuentran en la imagen y en medio de los fotografiados parece flotar un aire de camaradería franca y optimista. 

Allí en la foto aparece Francisco Hinojosa —he dicho ya— y eso me lleva a algo más que por lo pronto en mí es suposición: es claro que el hombre y nuestra tierra se han vinculado de tiempo atrás y no es poco probable que él guarde en la memoria nociones de un andar eventualmente grato por los caminos de este trópico.

Vuelvo ahora a la vocación de Francisco Hinojosa por una escritura que cale cada vez más entre niños, jóvenes y no tan jóvenes (aunque eso de la juventud como un asunto ligado a la edad sea una convención que habría que comenzar a demoler, entre otras cosas, por salud mental). Hubo un momento en que la casi omnipresencia de Hinojosa en cuestiones de literatura infantil y juvenil en este país se volvió tan apabullante que no pude sino llegar a leerlo. Como no podía ser de otra manera, descubrí así que tras la aparente ligereza de sus libros se encuentran el juego y el humor, y que tras éstos, inevitablemente, se halla la profundidad.

Francisco Hinojosa (ilustraciones de Rafael Barajas, El Fisgón), Inchi Farofe, México, Fondo de Cultura Económica, 2019, 70 pp.

Uno lee o escucha relatos como “La peor señora del mundo” o como “Amadís de Anís, Amadís de codorniz”, y entiende —pero, por encima de todo, siente— que tras esas desaforadas historias, tras los extravagantes personajes que pueblan sus narraciones, hay una o varias verdades conmovedoras. Al revelársenos éstas, la ruindad, la mezquindad, el egoísmo o la soberbia —por ejemplo— parecen recobrar a través del relato la pequeñez que al final de cuentas les corresponde.

Esto me lleva a hablar, por otra parte, del mecanismo libertario de la imaginación en los cuentos de Francisco Hinojosa. En ellos la voz desde la cual se narra es tan libre de decir aquello que le pasa por la cabeza y de improvisar, en consecuencia, con una autoridad indiscutible que los lectores no podemos menos que percibir al leer una lengua que data de nuestra infancia.

El lenguaje que fluye desinhibido, y sin más dique que el impuesto por la capacidad imaginativa del narrador, es el rasgo principal de esta voz infantil y en ella nos reconocemos todos al leer sobre esa señora que es capaz de ahuyentar a gatos, gaviotas y cucarachas de lo mala que es; acerca de ese niño que a fuerza de devorar dulces y golosinas, un buen día amanece convertido en un caramelo ansioso por devorarse a sí mismo; o a propósito de esos “pinches chamacos” que excavan un hoyo en el jardín y en lugar de un tesoro encuentran un montón de huesos. La imaginación llevada a su máxima expresión es, pues, en Francisco Hinojosa un método. Yo añadiría: un método que enriquece —y se enriquece— con la ilustración afortunada de sus libros.

Y así llego, a partir de lo consignado hasta aquí, a Inchi Farofe, el título sui géneris que ahora nos reúne. Resulta que este librito cuenta la breve historia de una imposible expresión verbal, y también en cierta forma la de su muy posible creador: un niño. La historia estrafalaria que sigue a esa invención lo es de tal manera que el lector no puede si no dejarse llevar por ella, de principio a fin.

Inchi Farofe deleita porque lo que sería absurdo en “la vida real” no es de ninguna manera absurdo según las leyes que el relato ha creado para sí mismo. Y no lo es tampoco porque la verdad que se desprende de la historia no deja de reflejar, aun así sea bajo la forma de un final feliz, una porción de ese absurdo en que por momentos parece convertirse la vida.

Ilustrado excepcionalmente por Rafael Barajas, El Fisgón (con quien, por cierto, Francisco Hinojosa —como en varios de sus libros anteriores— ha vuelto a hacer una magnífica dupla), Inchi Farofe reserva para los niños de entre cinco y cien años que se dispongan a leerlo un rato de solaz y amable compañía.

Francisco Payró

Macultepec, Tabasco, 1975. Economista y escritor. Autor de los libros de poesía "Bajo el signo del relámpago" y "Todo está escrito en otra parte", así como del conjunto de ensayos "Tradición y búsqueda en el trópico: ensayos sobre poesía tabasqueña contemporánea".

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