La sabiduría de Flaubert, de Eusebio Ruvalcaba.

Eusebio Ruvalcaba, La sabiduría de Flaubert, México, Ed. Planeta, 1996, 91 pp.

En esencia, un compendio de citas memorables este escrito por Ruvalcaba. Extraídas de un conjunto de cartas escritas por Gustave Flaubert a Louise Colet, su enamorada, cada una de ellas refleja la búsqueda permanente del autor por desentrañar los misterios y las perplejidades a los cuales se enfrenta el escritor en el acto creativo.

Flaubert encarna como pocos esa tensión vital que enmaraña a los novelistas cuando se encargan de sus personajes y narraciones con una actitud estoica, imperturbable y comprometida. Se apuntan aquí algunas de las citas inigualablemente enunciadas.

Todo el talento de escribir no consiste, después de todo, más que en la elección de las palabras.

…lo que me persigue sin cesar para arrebatarme las plumas de las manos cuando tomo apuntes, o para desviarme de los libros si leo, es mi viejo amor, la misma idea: ¡escribir!

Todas las dificultades que se experimentan al escribir proceden de la falta de orden. Si te empeñas en un giro o una expresión que no llega, es que no tienes la idea. La imagen, o el sentimiento bien claro en la cabeza, trae la palabra sobre el papel. Lo uno dimana del otro.

Choco con situaciones comunes y con un diálogo trivial. Escribir bien lo mediocre y hacer que conserve al mismo tiempo su aspecto, su corte, sus propias palabras, es verdaderamente diabólico.

Se escribe con la cabeza. Si el corazón la calienta, mejor; pero no hay que decirlo. Debe ser un horno invisible, y así evitamos divertir al público a nuestra costa, cosa que encuentro repugnante o demasiado ingenua.

No busquemos, pues, más que la tranquilidad; no le pidamos a la vida más que un sillón y no tronos, más que satisfacción y no embriaguez. La pasión congenia mal con esa larga paciencia que exige el oficio.

El autor, en su obra, debe estar como Dios en el universo, presente en todas partes y visible en ninguna. Como el arte es una segunda naturaleza, el creador de ésta debe obrar con procedimientos análogos. Que se note en todos los átomos, en todos los aspectos una impasibilidad oculta e infinita. El efecto, para el lector, debe ser de estupefacción. ¿Cómo se ha hecho todo esto?, ha de decir, y se ha de sentir aplastado sin saber por qué.

Hay que leer, meditar mucho, pensar siempre en el estilo y escribir siempre lo menos posible, sólo para calmar la irritación de la idea que exige tomar forma, y que se resuelve en nuestro interior hasta que le hemos encontrado una exacta, precisa, adecuada a ella misma.

La continuidad constituye el estilo, como la constancia hace a la virtud. Para remontar la corriente, para ser buen nadador, el cuerpo ha de estar tendido sobre la misma línea, desde el occipicio hasta el talón. Se recoge uno como un sapo, y se despliega sobre la superficie, rítmicamente, con todos los miembros, con la cabeza gacha, apretando los dientes. La idea debe hacer lo mismo a través de las palabras, y no chapotear golpeando a derecha e izquierda, lo que no conduce a nada. Y cansa.

En una narración, el detalle lo debe aprisionar a uno, meterlo en un puño, pellizcarlo, hasta que apenas se capte el conjunto; luego, poco a poco todo debe armonizarse y ordenarse por sí mismo de acuerdo a la exigencia de la perspectiva.

Me gustan las obras que huelen a sudor, aquellas en las que se ven los músculos a través de la ropa, y que caminan descalzas, lo que es más difícil que llevar botas, botas que son moldes para uso de gotosos: en ellas se ocultan las uñas torcidas, con toda clase de deformidades.

La risa es el desdén y la comprensión mezclados, y en suma el modo más elevado de ver la vida.

Ciertas naturalezas no sufren: la gente sin nervios. ¡Felices ellos! Pero, ¡de cuántas cosas se ven también privados! Cosa extraña: a medida que nos elevamos en la escala de los seres, aumenta la facultad nerviosa, es decir, la facultad de sufrir. ¿Será lo mismo sufrir y pensar? El genio, después de todo, no es quizá más que un refinamiento del dolor, es decir, una penetración más completa e intensa del objetivo a través de nuestra alma.

¿Cuándo se escribirán los hechos desde el punto de vista de una broma superior, es decir, tal como las ve Dios desde arriba?

El defecto general de los poetas es la extensión, como el defecto de los prosistas es la vulgaridad, lo que hace a los primeros aburridos y a los segundos repugnantes.

Es usted joven, trabaje mucho tiempo en la soledad y sin esperanza de recompensa, sin la idea de publicar. Haga como yo. Tenía 37 años cuando imprimí la Bovary. Está usted perdido si piensa sacar de sus obras algún provecho. Sólo hay que pensar en el arte en sí y en su perfeccionamiento individual. El resto viene solo.

Hasta aquí las citas que consideré más importantes. Es de señalar ahora el interesante prólogo hecho por Ruvalcaba. Para él, el escritor —como Flaubert, a quien el denomina ‘Príncipe de la Forma’— debe pensar siempre en la literatura, en sus significaciones últimas.

Para Ruvalcaba, es ésta la primera de las grandes enseñanzas de Flaubert: la de entrever en cualquier hecho en apariencia inocuo las oportunidades para crear. La segunda enseñanza flaubertiana es la capacidad de asombro y la humildad ante el mundo y la palabra. La tercera, y última, es el estoicismo para controlar las emociones en los momentos más intensos hasta ajustarlos a una forma exacta.

Alfonso Reyes se opuso, en su momento, a la “Teoría de lo impersonal” de Flaubert.

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Francisco Payró

Macultepec, Tabasco, 1975. Economista y escritor. Autor de los libros de poesía "Bajo el signo del relámpago" y "Todo está escrito en otra parte", así como del conjunto de ensayos "Tradición y búsqueda en el trópico: ensayos sobre poesía tabasqueña contemporánea".

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