Diario peligroso. Día 35.

Hoy me infraccionaron. Doblaba distraídamente por la calle Constitución, una de las más transitadas del centro de Villahermosa y olvidé que para algo se inventaron los semáforos en las esquinas y en los entronques.

Lo primero que pensé cuando el agente de tránsito se acercó a mí para desenfundar gustoso el reglamento por el que tendría todo el derecho para ejercer su autoridad de tránsito fue —lo admito— en la posibilidad de librarme a como diera lugar de la multa. Pensé: “no estoy para andar metido en los laberintos de este gobierno de sinvergüenzas; si puedo evitar esa pérdida de tiempo y energía con una ´mochada´, lo haré”.

Transito

Para mi infortunio, el carro en el que yo iba —propiedad de la compañía para la cual trabajo— traía en la guantera una tarjeta de circulación que no correspondía a su número de matrícula. “Me lleva la que me trajo”, me dije entonces con un sentimiento de pérdida mal disimulado frente al agente que miraba expectante mi refunfuño. Por si fuera poco, tampoco en las oficinas de la empresa se tenía copia alguna de la tarjeta de circulación correcta (había, por lo visto, un problema de extravío), así que a los ojos del agente yo podía pasar  como un robacoches cualquiera.

“No se ofenda usted, jefe —me dijo el agente— pero si no tiene la tarjeta de circulación, el carro no puede circular, ¿qué tal si todo mundo anduviera con tarjetas que no son las de los vehículos? Sería fácil andar en un carro robado.” Y ¡zas! que me quedo mudo, sin argumentos, sin forma alguna de demostrar que no era yo en lo absoluto un vulgar ladrón de coches, que se equivocaba rotundamente conmigo. Pensé: alguna manera debe de haber en que pueda librarme de este asedio. Se lo dije al agente. “Usted dígame, oficial, ¿hay alguna manera de que me permita seguir transitando? Ya ve que ando en el trabajo…” Y entonces juraría que vi un brillo lejano en sus ojitos, que vi un asomo de esa codicia que he descubierto, con prejuicio, en todos los agentes de tránsito con los que he tratado en esta tierra de Dios. “Mire —me dijo— , lo voy a dejar ir porque se ve que anda usted en el jale. Lo que sí es que va usted a pagar una infracción algo carita, ahí sí que no puedo ayudarlo.”

Preferí eso a la prohibición de seguir manejando y mirar cómo se llevaban el coche por no tener a bordo los papeles en regla. Preferí la rabia y la impotencia que me asaltaba al pensar en el pago de la infracción a la tortura de las vueltas en una oficina burocrática. Me alejé en cuanto pude de esa zona de Villahermosa y del mordelón (como solemos llamar en Tabasco a los oficiales de tránsito) que se había negado a morderme para darme una lección que mi furia no me dejaría olvidar quizá en los próximos trescientos sesenta y cinco días.

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Francisco Payró

Macultepec, Tabasco, 1975. Economista y escritor. Autor de los libros de poesía "Bajo el signo del relámpago" y "Todo está escrito en otra parte", así como del conjunto de ensayos "Tradición y búsqueda en el trópico: ensayos sobre poesía tabasqueña contemporánea".

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