Diario peligroso. Día 21.

manos

Al padre L. lo recuerdo con su sonrisa pícara y su mirada adusta, como la de un águila. Lo veo rodeado de gente, ocupado en sus afanes por procurar el reino a su feligresía, siempre flaca.

El padre L. no era tabasqueño. Llegó a Tabasco cuando esta tierra precisaba de curas que ayudaran a reanimar una fe languidecida después del arrebato garridista y se quedó viviendo aquí, convencido de que al pastoreo de almas habría de dedicar toda su vida. Lo recuerdo con su sonrisa tímida y con su oficioso modo de asumir el catolicismo. Me parece mirarlo todavía promoviendo un reino prometido, lanzando sus homilías como dardos contra el hombre adormecido por su indolencia intolerable y contra la fanfarronería espiritual, tal vez la más letal de las armas para vivir una muerte en vida.

De él —cosa un poco rara— conservo dos o tres sermones memorables: uno de ellos tiene que ver con el bíblico Noé y con su arca recién descendida del diluvio; otro, creo recordar, hablaba del buen samaritano. Con el primero, el padre L. defendía el derecho que tienen nuestros padres de cargar sobre ellos todo el peso de su vida, sus traumas y temores, y de la incompetencia de los hijos para convertirnos en jueces de los fallos de nuestros progenitores. Noé, el jubiloso briago sobreviviente de la catástrofe, el padre avergonzado que desnudo es visto y burlado por uno de sus hijos, es arropado, de entre ellos, por algún otro. Y aquí la sentencia del padre: “No es cosa de los hijos exhibir la desnudez de aquellos a quienes se deben; su deber es cubrir la vergüenza de sus faltas, no con el dedo acusador e implacable sino con la amorosa aceptación de su misterio”.

Del buen samaritano, el buen cura anhelaba aprender su vocación por la misericordia. No aspiraba a la salvación sino de unos pocos, si la entrada de esos pocos al reino de los cielos podía justificar toda su vida. “Si de esta pudrición que hay en mí —llegué a escucharle— puede brotar agua pura y cristalina, capaz de saciar la sed de un alma, me daré por bien servido.”

El padre L. murió hace apenas unos días. Aquejado en el tramo final de su existencia por una enfermedad irrecusable, conservó, de ello estoy seguro, la sonrisa hasta lo último. Que descanse en paz el padre misionero que un día me regaló la fragancia de su cercanía. Que los cielos se abran de alborozo por su llegada, y canten.

Francisco Payró

Macultepec, Tabasco, 1975. Economista y escritor. Autor de los libros de poesía "Bajo el signo del relámpago" y "Todo está escrito en otra parte", así como del conjunto de ensayos "Tradición y búsqueda en el trópico: ensayos sobre poesía tabasqueña contemporánea".

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