Diario peligroso. Día 66.

Hoy por la mañana acompañé a papá a la misa del día de muertos. La gente metida en las cosas de la iglesia de este pueblo quiso hacerla en la calle, frente al panteón.

Porque en este pueblo no hay espacio apropiado para honrar a los difuntos. El panteón ha terminado por llenarse de tumbas y a eso se ha sumado la voracidad de nuestros delegados municipales que han querido venderlo todo: incluso los espacios que antes permitían que uno caminara libremente por entre los sepulcros, sin que hubiera necesidad de pasar encima de ellos.

Así que la misa se hizo en la calle. A las puertas del cementerio. Allí se juntó el conglomerado de gente. Los viejos conocidos de toda la vida, la “gente de iglesia” que he conocido desde siempre y con la que papá trata con más regularidad, debido a su participación como “Cruzado de Cristo Rey”, estaban ahí como todos los años. Papá saludó, fiel a su costumbre, a todo aquel que se cruzaba en su camino. Porque mi padre es un hombre afable, siempre con la sonrisa a flor de piel. Para salir con él a las calles de este pueblo hay que estar dispuestos a tolerar los pequeños retrasos que suponen sus saludos, sus conversaciones con la gente.

Esta vez, el sermón del cura me conmovió. El padre habló de lo que significaban para todos los presentes los restos que alguna vez lo fueron de los seres amados y que ahora reposaban en ese cementerio. “No se olviden, hermanitos —decía el cura— de que esos restos son sagrados porque también fueron templos del espíritu santo.” En algún momento del sermón, el buen cura pidió a todos los presentes traer a la memoria a sus difuntos y mencionar en voz alta el nombre de sus familiares enterrados. Eso me conmovió aún más. La gente comenzó a decir los nombres de aquellos familiares que reposan en el interior del camposanto, aunque muchos de ellos debieron de hacerlo entre dientes: pese a la petición del sacerdote no logré distinguir de labios de la gente próxima a mí el nombre de nadie. Yo sentí una especie de orgullo vano al saber que no debía pronunciar el nombre de nadie. 

Cuando la misa terminó, llegó también el momento de ingresar al panteón. Papá, fiel a lo que siempre hace, se plantó frente a la tumba de los abuelos. Sembró en el suelo las velas de cebo que para estas fechas suele comprar y las fue encendiendo trabajosamente (debido a que las mechas se apagaban) una a una. Rezamos entonces el rosario. El tío Loncho, el hermano mayor de papá que había llegado solo, rezó junto a nosotros. Ambos hermanos quisieron también rezarle a los parientes difuntos que se encuentran sepultados junto a mis abuelos. “Arcadio, Victorino, Virginia, Margarito…”. No podían olvidarse, por supuesto, de hacerlo ante el sepulcro del tío Emeterio, el primero de los ocho hermanos en haber abandonado este mundo hace apenas tres años.

Dice mamá que papá volvió en la noche al panteón para prenderle a sus padres las velas que no se consumieron mientras estuvimos ahí por la mañana. Solo allí, rodeado de penumbras y sepulcros, papá debió de haber hablado con sus viejos. Se acordaría quizás de las palabras del cura en la homilía: “díganles que no están solos, que desde acá hay una luz siempre encendida para ellos pues nunca dejan de vivir en nuestro corazón y en nuestras oraciones.”

Nota: hoy por la tarde murió el tío José del Carmen García Ortiz, alias “José Borrego”, otro más de la familia de la abuela Nanda. Hace unas semanas partió la tía Dora, hermana de la vieja querida. El tío murió hoy, en día de muertos.

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Francisco Payró

Macultepec, Tabasco, 1975. Economista y escritor. Autor de los libros de poesía "Bajo el signo del relámpago" y "Todo está escrito en otra parte", así como del conjunto de ensayos "Tradición y búsqueda en el trópico: ensayos sobre poesía tabasqueña contemporánea".

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