Corazón de perro, de Mijaíl Bulgákov

Testimonio y registro emocionado de lectura, el presente texto de Carlos Coronel Solís rememora el encuentro afortunado que tuvo con Corazón de perro, la novela capital de Mijaíl Bulgákov (1891-1940) en torno al régimen comunista de la ex Unión Soviética.

No sé cómo llegó ese librito a casa. No era de tapas duras ni ocupaba un espacio en el librero. El deshilachado volumen parecía que había sido leído varias veces por el deterioro que presentaban sus páginas, carentes de forros y algunas hojas. Estaba en un canasto telarañoso, como si alguien lo hubiera leído y al final arrojado al olvido, entre herramientas de campo, sogas grasosas y raticida.

Su contenido difería en mucho a lo que entonces se leía en esa casa. Leer esa inesperada literatura profana bajo aquel techo representaba una osadía que podía consumirle a uno los sesos, como le sucede a “el Caballero de la Triste Figura”, o hasta perder el alma.

La verdad, los primeros aullidos del perro reclamando la atención humana no parecían herejías, sino algo muy cómico. Después de todo, ¿acaso no habló también en el Pentateuco la burra al forastero Balaam? Sharik es un can de la calle, moscovita, alfabetizado, que sueña con tener un amo; desde su visión perruna no ve mucha diferencia entre el mundo pasado y el siglo nuevo, es decir, entre la antigua rusia zarista y la de los soviets supremos: los carniceros, la policía, los cocineros y los serenos siguen siendo rabiosos con el “mejor amigo del hombre”.

Un día borrascoso el can “eléctrico” se cruza con un aparente filántropo, que le tira un salchichón de carne de caballo. Es el eminente científico Filipp Filippovich Preobrazhenski, empeñado en revertir el envejecimiento a través de operaciones que bordean lo ilegal. El inesperado salvador de canes lo lleva a su apartamento en el callejón Obujov y lo alimenta hasta ponerlo gordo, como un pequeño burgués.

Sharik, sin dudarlo, se acostumbra a aquella holgazanería. Para no aburrirse gruñe agudas observaciones, como cuando para frenar su nostalgia vagabunda, asegura que la libertad es solo “humo, espejismo y ficción”. Lo que ignora es que su cirujano benefactor lo domestica con el fin de someterlo a una operación que revolucionará la ciencia.

A partir de ese momento el pobre animal se va transformando en un “hombre nuevo”, dividido entre el cerebro de un criminal donante, y su nueva conciencia de clase, producto del trato con sus vecinos camaradas y las lecturas comunistas que éstos le proporcionan. La rebelión es inevitable, el homúnculo se niega a obedecer a su creador, el respetable médico. El perro convertido en hombre masa no se vuelve super hombre ni se eleva sobre sí mismo; mas bien deviene en delator de su propia casa, terror que Stalin impuso en Rusia.

La vida de este can es una macabra sátira desternillante de risa. Mijail Bulgákov —huracán literario categoría 5— arrasa con todo: la ciencia, los hospitales, la filantropía, la pésima alimentación, los comités vecinales, la sociedad perruna, la política de viviendas, la prensa, la alfabetización, el adoctrinamiento, el advenimiento del “hombre nuevo”, la corrupción, los sueños e ilusiones, la policía. “Usted esta diciendo cosas revolucionarias, Dios le salve si le llegan a oír”, advierte un colega al eminente cirujano, funesta anatema que se proyectará sobre la vida de este escritor ucraniano perseguido por el régimen del proletariado.

A Bulgákov lo salvó del destierro su valentía al defender su libertad creadora ante el mismísimo Diablo, o sea, Josep Stalin. A sus obras confiscadas por la policía secreta, las salvó el deshielo promovido por Nikita Krushov en los años sesenta. Y a quien leyó secretamente ese libro, que décadas después en una librería de viejo en la calle de Donceles, Ciudad de México, supo no sin agradecimiento que se titulaba Corazón de perro, la historia de Sharik y luego la del propio Bulgákov y más adelante la de tantos otros escritores perseguidos como Ósip Mandelshtam, Anna Ajmátova, Isaak Bábel y Boris Pilniak, a esa “joven alma crédula” —dixit Massimo Bontempelli—, ese librito sin carátula lo salvó de cualquier ortodoxia, el maltrato animal y las ideologías dominantes.

El librito puede adquirirse por 60 pesos en la libreria Educal.

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Carlos Coronel

Poza Rica, Veracruz, 1971. Perteneció al taller literario de Comalcalco. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Sus trabajos han aparecido en diversos medios, entre ellos "La jornada semanal", "Siempre", "Tierra Adentro" y "Caravansary". Ha publicado aforismos: "Pabilo para ciegos" (UNAM, 1997) y poesía: "Arpón de imágenes" (EMC, 1999).

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