Poesía religiosa y catolicismo moderno en la obra de Carlos Pellicer

Son dos, a mi juicio, los aciertos fundamentales que hacen de Fervor desde el trópico, poesía religiosa de Carlos Pellicer (Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, 2007), de León Guillermo Gutiérrez, una obra pertinentemente escrita.

En primer término, al ser un libro con un estudio que antecede a la poesía religiosa de Carlos Pellicer, el título abunda en una de las facetas de la obra pelliceriana menos frecuentadas por la crítica—la pasión confesa del poeta por el culto cristiano-católico— e intenta explicarse con propiedad la naturaleza de esa pasión, reverberada en algunos de los títulos clave de la prolija estética del poeta tabasqueño.

Sin ser una poesía que pueda ser considerada por su carácter como mística, la religiosidad poética pelliceriana —sugiere el autor— se encuentra atravesada por evidentes fijaciones. Pellicer vive de cerca la hostilidad integrista del Estado mexicano contra la religión —iniciada particularmente con las Leyes de Reforma, a finales del siglo XIX, hasta llegar a la cristiada en el primer tercio del siglo XX—, pero también el resurgimiento de una caterva de hombres de letras que enarbolaban el estandarte del más moderno catolicismo de la época.

León Guillermo Gutiérrez, Fervor desde el trópico. Poesía religiosa de Carlos Pellicer, México, Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, 2007, 270 pp.

No tiene la religiosidad de Pellicer ningún antecedente clerical como el que tuvieron las obras de Alfredo R. Placencia, Octaviano Valdés, Manuel Ponce, entre otros, pero eso no obsta —afirma Gutiérrez— para considerar al “optimismo cristiano que trasluce en toda su poesía” uno de los más grandes aportes pellicerianos a la modernidad poética en Hispanoamérica.

Por otro lado, el estudio de Gutiérrez es claro a la hora de precisar las coordenadas del irredento fervor del poeta. Metido en el vértigo de una época como la que sucedió a la revolución mexicana de 1910, miembro de una generación en la que coexistió también la del grupo “Contemporáneos”, y participante de empresas intelectuales como la que le llevó a formar parte del pequeño círculo católico que publicó Gladios, en 1916, Pellicer no hace sino expresar a lo largo de un tramo respetable de su obra el peso que en su personalidad compleja y delicada tendría su propia historia y la del mundo que lo circunda.

Es aquí donde Gutiérrez se atreve a perfilar una tesis de la riqueza contenida en la gozosa religiosidad del poeta: no es posible entender del todo poemarios como Colores en el mar (1921) y Hora y 20, (1927) sin atender al poderoso vínculo que mantuvo al autor unido a su madre durante toda su vida; impensable concebir una obra madura como Práctica de vuelo (1956)  sin el peso de una relación con la figura materna que habría de signar el misterio de una religiosidad acendrada.

Pero Gutiérrez indaga en torno a los resortes soterrados de una poética expansiva, y sin embargo siempre fiel a sí misma. Cuando intenta explicarse la vitalidad poderosa y por momentos contrita de ese gigantesco corpus que es la obra pelliceriana, el autor no duda en asomarse al precipicio de la personalidad en estudio, a la zona vedada que oculta obsesiones, pasiones inconfesables y manías. Buena parte de los poemas del autor de Esquemas para una oda tropical  son inseparables de la condición homosexual del poeta, no acaban de entenderse sin el conocimiento de ese rasgo personal definitorio.

Gutiérrez arriba a una conclusión no del todo insospechada respecto al tema que lo ocupa: “De ahí quizás —escribe— la solapada religiosidad como refugio seguro de una sensualidad acorralada y sometida al flagelo y catarsis de la plegaria suplicante en la sintaxis del verso”. Más adelante Gutiérrez escribirá: “La profesión de su religiosidad simboliza también la fidelidad a la madre-esposa, considerando la homosexualidad de Pellicer”.

Por otra parte, el mismo paisajismo desbordado que signa en gran medida la obra del tabasqueño adquiere una dimensión inusitada visto a la luz de su religiosidad; el autor cree encontrar allí los rasgos inequívocos de un panteísmo que remite también a la búsqueda de otra gran Madre —la naturaleza— ante la cual el creador se rinde y en la cual cree ver los mil y un rostros de la divinidad.

Vista desde esa perspectiva, casi toda la poesía de Pellicer viene a ser una permanente búsqueda de Dios, manifestado en los más diversas imágenes que el poeta construye para aproximarse a lo  divino. Cierto, los recursos pellicerianos son de una prodigiosa riqueza: la cruz, el árbol-cruz, el sol y el agua son apenas unos cuantos motivos para un discurso religioso cristocéntrico; la gran valía de este discurso radica en su capacidad para transitar de un esquema formal a otro sin perder en su esencia la preocupación genuina por el fondo.

Los temas religiosos por excelencia de Pellicer son —Gutiérrez lo ha señalado— la sencillez franciscana, el nacimiento del niño Dios y las imágenes en retablo. Cada uno se repite durante un trayecto apreciable de la vida del poeta con la fuerza de una gran convicción irrefrenable.

En su ensayo Muerte y resurrección de la cultura católica, Gabriel Zaid ha escrito que, junto a los nombres de Ramón López Velarde, Ángel María Garibay y Alfonso y Gabriel Méndez Plancarte, entre otros —todos ellos artífices de una magnífica obra intelectual o artística— el de Carlos Pellicer figura, sin duda, como uno de los más importantes de la moderna cultura católica aparecida a comienzos del siglo XX en México.

Preocupada por reintegrar al catolicismo el sitio de honor en la cultura que antes le correspondiera, esa modernidad intelectual fue también una apuesta por la vanguardia, por la transformación creadora del arte frente a un Estado mexicano jacobino. A la manera de verdaderos movimientos católicos como los promovidos en Europa por personajes como José Bergamín, Emmanuel Mounier y Jacques Maritain, el catolicismo moderno en el que creyó Pellicer intentaba tender puentes que devolvieran a la cultura católica el carácter apátrida, universal que su raíz etimológica sugiere.

A buena parte de la obra religiosa de Pellicer quizá habría que objetarle su patente espíritu confesional, tan próximo a la estéril religiosidad popular, pero no su llamado a la fraternidad —tan cara a la ética franciscana que veneraba— ni su desmesurado espíritu moderno. Como católicos de la talla de Bloy, Claudel, Chesterton, Papini, Julien Green y Graham Greene, Pellicer sintió las punzadas de la duda y la conciencia, pero no la letal puñalada del conformismo. Bienvenido sea un libro como el de León Guillermo Gutiérrez, que abunda en una de las mejores vetas del mejor Pellicer que poseemos. Bienvenida la relectura de una de las obras capitales de nuestra perenne literatura.

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Francisco Payró

Macultepec, Tabasco, 1975. Economista y escritor. Autor de los libros de poesía "Bajo el signo del relámpago" y "Todo está escrito en otra parte", así como del conjunto de ensayos "Tradición y búsqueda en el trópico: ensayos sobre poesía tabasqueña contemporánea".

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