¿Es viable la autoedición en la era digital?

Con la llegada de la era digital, y su consecuente eclosión a principios del siglo XXI, parece cobrar forma para los escritores un sueño largamente acariciado: la posibilidad de publicar sus libros sin la (muchas veces) engorrosa presencia de editores, distribuidores y libreros.

Se supone así, sin más, que gracias a la aparición de softwares fabulosos y con grandes posibilidades para la inclusión de múltiples recursos audiovisuales (texto, gráficos e imágenes, entre otros) el escritor —en un sueño que ni J. D. Salinger, el famoso escritor ermitaño, logró tal vez concebir— puede irse olvidando de la tradicional cadena de valor que caracteriza a la industria del libro para irse concentrando en lo suyo: escribir sin las molestas negociaciones con el resto de la cadena de valor del libro.

¿Será esto posible? La lógica que imponen los nuevos tiempos podría implicar que sí, que —como en una película de James Cameron, el futurista director de cintas como The Terminator y Avatar—los escritores de la nueva era seremos capaces de escribir libros y de publicarlos en línea (o en formato impreso, llegado el caso), y que sólo será cosa de tener una cuantas nociones de edición y diseño web para emprender el largo y sinuoso camino de la autoedición digital.

La realidad es, sin embargo, todavía muy distante al sueño de ver títulos publicados (en la red o en formato físico) que todo el mundo —incluidos los amigos y familiares del autor publicado— pueda fácilmente adquirir. En primer lugar, porque, a menos que se sea alguien como Arturo Pérez-Reverte, Gabriel García Márquez o Isabel Allende (para sólo mencionar a tres de los autores best sellers del ámbito hispanoamericano), muy pocos lectores —poquísimos, en realidad— se interesarán en un título autoeditado por un ilustre desconocido.

Lo cual, por cierto, no quiere decir que haya que ser una celebridad del mundo literario para intentar incursionar en la autoedición con mayor o menor éxito. El riesgo de la autoedición es el extremo desconocimiento que, particularmente en ámbitos como el hispanoamericano, suele traer aparejado. En serescritor.com, un blog destinado a los avatares de una escritura mal correspondida por la convencional industria del libro, puede leerse algo como esto:

Es grato constatar el número creciente de ciudadanos que ha sido capaz de escribir un libro, aunque luego no sepa qué hacer con él. A través de este blog, recibo buen número de correos electrónicos de personas, unas preguntando cómo publicar la obra que han escrito, otras explicando que tienen una historia para contar y no saben cómo empezar…Toda una amenaza [la irrupción de gigantes como Amazon, Apple y Google en el mercado cada vez más demandado de las autoediciones] para la industria editorial, pero una oportunidad para el empresario osado e innovador… y también para el escritor diletante, si entiende que para publicar, no basta con escribir, hay que arriesgar un pequeño capital y dedicar un tiempo a la promoción…

Lo malo entre escritores latinoamericanos es, frente a este panorama, el desconocimiento. Muchos creen en la validez de los términos de la ecuación Publicar = Publicitar y terminan involucrándose en autoediciones sin mayor futuro que el embodegamiento de una buena cantidad de ejemplares, la mar de las veces a cargo del propio autor del libro. Por eso, aunque las cifras sobre la proporción de títulos autoeditados crece y crece sostenidamente (en los Estados Unidos, por ejemplo, el porcentaje de las autoediciones supera ya prácticamente al de las ediciones convencionales), es poco probable que ese crecimiento se acompañe necesariamente de un mejoramiento en las condiciones contractuales de los aspirantes a escritores frente al poder que de manera, por lo pronto imparable, acumulan gigantes como Amazon o Random House.

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¿Es viable la autoedición en un tiempo que pareciera copado de principio a fin por las grandes corporaciones dominantes en la industria de las ediciones de autor? La respuesta que, en principio, ofrecen varios autores como la recién estrenada novelista española Paloma Corredor o el archireconocido Stephen King (cuyo fracaso en la autoedición ha sido motivo de sonados comentarios) tiene varias aristas. Por un lado, la autoedición hace posible la realización del sueño de publicar lo que no puede quedarse de ninguna manera a “dormir el sueño de los justos”, pero por otro lado, nada garantiza, ni el propio autor autoeditado (que en lo que concierne a marketing y relaciones públicas carece del respaldo de una editorial establecida) que el libro publicado en esos términos figure —o siquiera sobreviva— entre el mar de títulos y publicaciones que circulan por la red o impresos de forma convencional.

En resumidas cuentas: ¿intentar ser publicado o autopublicarse? He ahí el dilema, para usar una figura retórica que data del viejo Hamlet. La mejor respuesta que, por ahora, se me ocurre es esta: publicar cuando se tengan los medios y las posibilidades para hacerlo de un modo más decente y digno; autoeditarse cuando se hayan reunido todas las agallas que hacen falta para asumir la aventura incierta de escribir, corregir y, encima, publicar personalmente (con todo lo que semejante decisión conlleva) un libro de la propia autoría.

Francisco Payró

Macultepec, Tabasco, 1975. Economista y escritor. Autor de los libros de poesía "Bajo el signo del relámpago" y "Todo está escrito en otra parte", así como del conjunto de ensayos "Tradición y búsqueda en el trópico: ensayos sobre poesía tabasqueña contemporánea".

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